Un espacio para quienes acompañan

Tú que cuidas también necesitas cuidarte

Esta página es un apoyo para quienes, como yo, cuidamos de nuestros seres queridos. Como personas que somos, hay situaciones que también pueden sobrepasarnos. En esta sección comparto contigo mi reflexión y lo que he ido aprendiendo en el camino.

Una reflexión personal de hijo a cuidador

No te hablo como médico, psicólogo ni especialista.

Te hablo como hijo y como una persona que también cuida de sus padres.

Los acompaño a hacer la compra, al banco, al médico y a resolver muchas cosas del día a día. No lo hago pensando que son una molestia. Ellos cuidaron de mí cuando yo los necesité y, en mi caso, siento que ahora me corresponde cuidarlos lo mejor que pueda.

Lo hago con cariño y porque quiero hacerlo. Pero eso no significa que siempre resulte sencillo.

Cuidar a una persona mayor puede exigir mucha paciencia, fortaleza mental y capacidad para conservar la calma, especialmente cuando la edad, la enfermedad, la ansiedad o el miedo hacen que una pequeña situación termine sobrepasándola.

Y quienes cuidamos también somos personas. También nos cansamos, nos preocupamos, sentimos miedo y podemos llegar a perder la paciencia.

Cuando sus nervios también llegan hasta ti

Mi madre tiene 84 años y sufre bastante ansiedad. Mi padre está enfermo y ella siente que tiene que estar pendiente de todo. Va con prisa, mira constantemente el reloj y muchas veces parece vivir con la sensación de que algo se le va a escapar o de que todo tiene que hacerse inmediatamente.

Cuando salimos, puede ponerse nerviosa, llamarme desde lejos, hablar deprisa o bloquearse cuando necesita preguntar algo.

Yo intento tranquilizarla. Intento hablarle con calma y hacerle comprender que no pasa nada, que tenemos tiempo y que podemos hacer las cosas paso a paso.

Pero a veces sus nervios también terminan llegando hasta mí. Aunque intentes que no te afecten, la ansiedad de otra persona puede contagiarse. Empiezas queriendo ayudar, después intentas controlar la situación y, cuando te das cuenta, tú también estás hablando más deprisa, sintiéndote agobiado o respondiendo peor de lo que querías.

Alguna vez puedes decir una palabra equivocada o contestar de una forma que después lamentas.

Que te ocurra no significa automáticamente que seas un mal hijo o un mal cuidador. Pero sí puede ser una señal de que la situación también te está sobrepasando.

Comprender no significa justificarlo todo

Perder la paciencia en un momento difícil puede ocurrir. Comprender por qué sucede no significa justificar que tratemos mal a la persona que cuidamos.

Significa reconocer que algo se está acumulando dentro de nosotros: cansancio, miedo, presión, falta de descanso o la sensación de tener que resolverlo todo.

Cuando no prestamos atención a esas señales, podemos terminar reaccionando contra la persona a la que precisamente estamos intentando ayudar. Y después aparece la culpa.

Por eso creo que debemos aprender a detenernos antes. No cuando ya hemos explotado, sino cuando empezamos a notar que el cuerpo se tensa, que hablamos más fuerte, que queremos terminarlo todo deprisa o que cualquier pequeño problema comienza a irritarnos.

En ese momento, una pausa puede evitar mucho daño.

Lo que me ocurrió en el supermercado

Un momento real, no una lección aprendida en un manual

Hace unos meses sufrí un infarto. Afortunadamente me encuentro mucho mejor de lo que esperaba y puedo hacer mi vida y ayudar a mis padres. Pero todavía hay situaciones en las que noto que no estoy completamente al cien por cien.

Un día fui al supermercado con mi madre y con mi hija de siete años. Hacía calor. Mi madre estaba nerviosa y tenía prisa. Mi hija corría de un lado para otro y yo estaba intentando estar pendiente de ambas.

En un momento determinado empecé a sentirme agobiado y algo mareado. Conozco esa sensación porque también tengo contracturas cervicales y sé que la tensión puede empeorarla.

En lugar de continuar forzándome o asustarme más, pensé: “Para un poco”.

Me apoyé, respiré y traté de relajar el cuerpo y los músculos. Esperé un momento. Cuando recuperé la calma, continué con la compra.

Para mí, eso también es cuidar. No abandoné a mi madre ni dejé de hacer lo que había ido a hacer. Simplemente reconocí que necesitaba detenerme un momento para poder continuar de una manera más tranquila y segura.

Parar no significa abandonar

Muchas personas que cuidan sienten que deben estar siempre disponibles. Parece que descansar, poner un límite o pedir ayuda fuera una forma de fallarle a la persona que necesitan acompañar.

Yo no lo veo así.

  • Detenerte unos minutos no significa abandonar.
  • Respirar antes de contestar no significa querer menos.
  • Compartir responsabilidades no significa desentenderte.
  • Reconocer que una situación te supera no te convierte en una mala persona.

A veces, la mejor manera de seguir cuidando es hacer una pausa antes de que el agotamiento y los nervios comiencen a decidir por ti.

Ellos también tuvieron paciencia con nosotros

En mi caso, pienso muchas veces que mis padres también tuvieron que tener paciencia conmigo.

Cuando era pequeño soportaron mis enfados, mis rabietas, mis errores y momentos en los que yo tampoco sabía explicar lo que me pasaba.

Ahora los papeles empiezan a cambiar.

A edades muy avanzadas, situaciones que para nosotros parecen sencillas pueden resultarles difíciles de manejar. Una compra, una cita médica, un trámite en el banco o un cambio inesperado pueden provocarles miedo, ansiedad o confusión.

No siempre reaccionan así por ser groseros o porque quieran complicarnos el día. Muchas veces reaccionan así porque se sienten sobrepasados.

Recordar esto me ayuda a intentar mantener la calma y a mirar qué puede haber detrás de su comportamiento.

Pero cada familia tiene una historia diferente. Cuidar no debería convertirse en una obligación que destruya a quien cuida, ni en una deuda que obligue a soportarlo todo en silencio.

Cuando pierdes la paciencia

Si alguna vez respondes mal, lo primero es reconocerlo. No sirve castigarte durante días, pero tampoco fingir que no ha ocurrido.

“Antes te hablé mal y no quería hacerlo. Me puse nervioso y lo siento. La próxima vez voy a intentar parar antes.”

Pedir disculpas no te hace perder autoridad ni demuestra debilidad. Demuestra que eres consciente de lo ocurrido y que deseas hacerlo mejor.

Después conviene hacerte algunas preguntas:

Estaba cansado?
Llevaba demasiado tiempo acumulando tensión?
Intentaba ocuparme de demasiadas cosas?
Necesito compartir alguna responsabilidad?

El objetivo no es sentirte culpable. El objetivo es evitar que la misma situación se repita continuamente.

Cuidar requiere paciencia, pero también límites

Tener paciencia no significa permitir insultos, agresiones o situaciones que pongan en peligro a alguien.

Tampoco significa que una sola persona tenga que responsabilizarse de todo.

Hay momentos en los que debemos poner límites, compartir las tareas con otros familiares o buscar ayuda externa.

Podemos querer muchísimo a nuestros padres y, aun así, no disponer de la preparación, la fuerza física o el equilibrio emocional necesarios para atender determinadas necesidades.

Pedir ayuda también puede ser una forma de proteger

En ocasiones, contratar ayuda profesional, pedir orientación o buscar un recurso especializado es la decisión más responsable para la persona cuidada y para quien la acompaña.

Porque se puede hacer daño incluso intentando ayudar, especialmente cuando alguien está completamente agotado, enfadado o desbordado.

Señales de que tú también necesitas apoyo

Conviene detenerse cuando empiezas a notar que:

  • pierdes la paciencia con frecuencia;
  • vives constantemente preocupado;
  • descansas mal y nunca consigues desconectar;
  • sientes culpa cada vez que haces algo para ti;
  • comienzas a evitar a la persona que cuidas;
  • reaccionas con gritos, insultos o gestos bruscos;
  • tienes la sensación de que toda la responsabilidad depende de ti;
  • tu propia salud física o emocional está empeorando.

No tienes que esperar a llegar al límite. Hablar con otros familiares, compartir tareas, buscar orientación profesional o pedir ayuda puede evitar que la situación se deteriore.

No puedes controlarlo todo

Cuando cuidas a alguien, quieres resolver sus problemas, eliminar su ansiedad y evitar que sufra.

Pero no siempre es posible.

Puedes acompañar, escuchar, organizar, tranquilizar y hacer todo lo que esté en tu mano. Aun así, habrá momentos en los que la otra persona seguirá preocupada, nerviosa o enfadada.

Eso no significa que estés haciendo mal tu trabajo.

No puedes controlar todas sus emociones. Lo que sí puedes intentar controlar es tu propia respuesta.

1 Baja la voz
2 No discutas en pleno momento de ansiedad
3 Espera antes de contestar
4 Pide ayuda cuando ya no puedas solo

Unas palabras de cuidador a cuidador

No necesitas ser perfecto para cuidar bien.

Necesitas cariño, paciencia, sentido común y humildad para reconocer tus propios límites.

Habrá días buenos y otros muy difíciles. Alguna vez cometerás errores. Lo importante es no acostumbrarte a vivir siempre desbordado ni permitir que el agotamiento termine dañando vuestra relación.

Yo intento cuidar a mis padres porque los quiero y porque siento que es mi deber hacerlo lo mejor posible.

Pero también estoy aprendiendo que para seguir acompañándolos necesito cuidarme, escuchar mi cuerpo y parar cuando la situación me supera.

Sentirte cansado no significa que quieras menos a la persona que cuidas.

Necesitar una pausa no significa que la estés abandonando.

Pedir ayuda no significa que hayas fracasado.

Antes de continuar, respira

Cuando notes que los nervios empiezan a dominar la situación, detente un momento. Baja la voz. Respira. No intentes resolverlo todo de golpe.

Tú que cuidas también necesitas cuidarte, porque cuidarte a ti también forma parte del cuidado.

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