Mi experiencia en la rehabilitación cardíaca
Un diario contado desde dentro: el ejercicio, las pulsaciones, el cansancio y, sobre todo, la recuperación mental que empieza cuando intentas volver a confiar en tu propio cuerpo.
Antes de empezar
Cuatro meses después de sufrir un infarto, estaba a punto de comenzar un programa de rehabilitación cardíaca. Quería recuperar la forma física, pero también volver a saber qué podía pedirle a mi cuerpo sin vivir pendiente del miedo.
Después de un infarto, muchas cosas que antes hacías sin pensar empiezan a verse de otra manera.
Caminar, hacer ejercicio, cargar algo de peso, ir a la playa o notar que el corazón se acelera eran situaciones normales. Ahora aparecían preguntas nuevas.
¿Puedo hacerlo?
¿Hasta dónde puedo llegar?
¿Y si me vuelve a pasar?
No diría que vivía con miedo. Lo llamaría respeto y dudas: respeto por lo ocurrido y dudas porque tenía que volver a conocer mis límites.

El punto de partida
Antes de empezar tuve una entrevista con el equipo. Revisamos el infarto, la alimentación, la medicación, la evolución y la prueba de esfuerzo.
Me explicaron que durante la rehabilitación trabajaríamos con referencias adaptadas a mi situación y que debía aprender a valorar también el esfuerzo que sentía, no solamente el número que aparecía en una pantalla.
También quería rehabilitar la mente
No quería que el miedo decidiera constantemente por mí. Eso no significaba ignorar lo ocurrido ni saltarme las recomendaciones médicas.
Quería conocer mi situación, respetar los límites y, dentro de ellos, recuperar poco a poco mi libertad: caminar, viajar, hacer ejercicio o realizar mi vida cotidiana sin pensar automáticamente que algo malo iba a ocurrir.
Por qué decidí contarlo
Este diario no pretende enseñar a nadie cómo debe recuperarse. Cada persona tiene un diagnóstico, una medicación y unas circunstancias diferentes.
Yo solamente quería contar lo que veía, sentía, temía y aprendía. Quizá otra persona que hubiera pasado por algo parecido pudiera reconocerse y sentir que no recorría el camino completamente sola.
Mi primer día en rehabilitación cardíaca
Llegué con respeto y pendiente de cada sensación. Salí cansado y sudado, pero también aliviado y con un poco más de confianza.

Iba con esa inquietud que aparece cuando haces algo por primera vez después de sufrir un infarto.
No quería demostrar nada. Quería saber cómo respondería mi cuerpo y empezar a conocer mis límites dentro de un entorno seguro y completamente controlado.
Éramos tres pacientes. Primero tomaron la tensión, las pulsaciones y los datos habituales. Después hicimos movilidad suave y estiramientos para preparar el cuerpo.
Cuarenta y cinco minutos en la cinta
La caminata comenzó despacio y fue aumentando por niveles. Durante buena parte del ejercicio me mantuve alrededor de 111 o 112 pulsaciones y el punto más alto que vi fue aproximadamente 120.
Físicamente iba razonablemente bien. Lo más difícil al principio estaba en la cabeza: vigilaba cada presión, cada músculo cargado y cualquier cambio en la respiración.
Aprender a interpretar las sensaciones
La banda del pulsómetro comenzó a presionarme el abdomen y durante unos instantes pensé que podía estar ocurriendo algo. La recolocamos y la molestia desapareció.
También aparecieron la carga habitual en el cuello y los hombros y un mareo muy leve al terminar. Me senté, bebí agua y desapareció rápidamente.
La vuelta a la calma fue progresiva. Después todavía hicimos movilidad, respiración y ejercicios con dos mancuernas de dos kilos.
Conclusión y mis impresiones
Salí reventado y sudado, pero el cansancio no se parecía al respeto con el que había entrado. Era el cansancio de haber hecho algo que necesitaba.
No salí sintiéndome invencible. Salí sintiéndome un poco más seguro. Para ser el primer día, eso ya era muchísimo.
Volver a moverme con menos miedo
Llegué con agujetas y esperando terminar todavía más cansado. Sin embargo, la bicicleta me resultó más llevadera y volví a casa con más energía y confianza.
El cuerpo recordaba la primera sesión. Además, aquella mañana había ayudado a mi madre y llevaba alrededor de 4.000 pasos antes de acudir al centro.
Descansé un poco antes de salir y llegué mucho más tranquilo. Después de los controles y el calentamiento, esta vez tocaba bicicleta.
Debía mantener una cadencia aproximada entre 55 y 65 mientras aumentaban la resistencia por fases. La sesión duró unos 40–42 minutos y terminó reduciendo progresivamente la intensidad.

Hubo momentos en los que estaba contento
La bicicleta me resultó menos cansada que la cinta. Había música, buen ambiente y hasta terminamos bromeando porque lo más incómodo no era el esfuerzo, sino el sillín.
Hubo momentos en los que me sentí contento simplemente por estar moviendo el cuerpo. Ya no pasé toda la sesión buscando una señal de alarma.
Respiración y mancuernas

Después hicimos ejercicios de respiración y trabajamos brazos y espalda. Me ofrecieron dos o cuatro kilos, pero preferí continuar con dos por mis molestias musculares.
No fue quedarme corto. Fue comenzar desde el punto real en el que se encontraba mi cuerpo.
Al volver a casa todavía tuve energía para preparar comida, recoger, barrer y poner una lavadora.
Conclusión y mis impresiones
Salí contento, más seguro de mí mismo y con la sensación de estar haciéndole bien a mi cuerpo.
Poco a poco empezaba a conocer mis capacidades reales. Superar un bloqueo aumentaba la confianza; no superarlo a la primera tampoco significaría rendirse, sino buscar otra forma de intentarlo.
Cuando el cansancio no significa peligro
La tercera sesión dejó el cuerpo mucho más cargado, pero también me ayudó a comprender que estar cansado no es lo mismo que estar en peligro.
El cuerpo ya acumulaba el trabajo de los días anteriores. Volví a la cinta durante 45 minutos y la intensidad fue mayor. En el tramo más rápido caminamos cerca de 5 kilómetros por hora.
Las piernas estaban cansadas, sudaba bastante y mantener el paso exigía concentración. Mis pulsaciones llegaron como máximo a 123.
No estaba jadeando ni sentía dolor en el pecho, mareo o palpitaciones extrañas. Lo que reconocía era cansancio muscular.

Mi cuerpo estaba atravesando muchos cambios
Había dejado de fumar hacía unos cuatro meses después de 25 o 30 años. Había pasado de pesar alrededor de 105 kilos a 93–93,5 y venía de una vida sedentaria y del reposo posterior al infarto.
Además continuaban los problemas musculares del cuello y la espalda. Los estiramientos me ayudaban, pero también movilizaban músculos muy tensos y poco acostumbrados a trabajar.
Después de la cinta utilicé mancuernas de tres kilos. Pasar de dos a tres suponía aumentar la carga un 50 %, y lo noté mucho en brazos, hombros y espalda.
Una gráfica que me hizo preguntar
Durante la sesión vi que el registro de un compañero saltaba bruscamente entre cifras muy altas y muy bajas. No pregunté delante de él por respeto a su privacidad.
Más tarde aclaré la duda con el profesional: era una mala lectura del aparato. El movimiento y los sensores tampoco permitían obtener un registro correcto con el pulsómetro del dedo.
También aprendí que las diferencias habituales de pulsaciones entre personas dependen de muchos factores, entre ellos la medicación y el estado físico. No estaba compitiendo con nadie; utilizaba lo que observaba como referencia para comprender mejor mi propia respuesta.
Cuando la mente confunde descanso con seguridad

A la mañana siguiente me sentía apagado y con sueño. Estaba tranquilo en el sillón y una parte de mí decía: «Quédate aquí. Estás seguro. Descansa».
Después del infarto, el reposo y tantos años de sedentarismo, mi mente había aprendido a relacionar estar quieto con estar seguro.
En cambio, hacer ejercicio significaba sudar, notar las pulsaciones y sentir el cuerpo trabajando. Una parte de la mente todavía interpretaba esas sensaciones como algo de lo que debía protegerme.
Conclusión y mis impresiones
Mi recuperación no estaba ocurriendo únicamente en los músculos y el corazón. También sucedía dentro de mi cabeza.
La constancia no consistía en rendir igual todos los días, sino en acudir, explicar sinceramente cómo me encontraba y hacer el trabajo que correspondiera.
Entré pensando que no podría
No dudé en acudir, pero sí dudé de poder completar la sesión. Bajar la resistencia permitió que se recuperaran las piernas y también la confianza.
No llegué solamente con cansancio físico
Aquel día no entré en rehabilitación únicamente con el cansancio acumulado. También llevaba una carga emocional importante.
Mi padre está enfermo y a la espera de una operación. Es una preocupación que inevitablemente tengo presente. Al mismo tiempo, mi hija quiere pasar tiempo conmigo y yo también quiero estar con ella.
La vida no se detiene mientras uno se rehabilita. No llegas al ejercicio con la mente vacía: entras llevando preocupaciones, responsabilidades y situaciones familiares que también consumen energía.
Por eso el cansancio mental no puede separarse completamente del físico. Lo que ocurre fuera de la sala entra contigo y puede influir en la concentración y en la forma de percibir el esfuerzo.
La mente ya había decidido que no aguantaría
Entré cansado y diciéndome: «Hoy no aguanto esto». No estaba concentrado como otras veces. Normalmente escucho música, miro al frente y pienso en mi hija, mi familia o cualquier cosa cotidiana.
Esta vez estaba pendiente de las piernas, de cada molestia y de los comentarios del compañero que tenía al lado. Antes de que el cuerpo encontrara su ritmo, la mente ya esperaba que fallara.
Cuarenta y cinco minutos en la bicicleta
Mantuve una cadencia aproximada entre 50 y 60 mientras la resistencia aumentaba por escalones. Llegué al nivel 3.
A los 15 o 20 minutos las piernas estaban muy fatigadas. Pedí agua y el rehabilitador redujo la resistencia, manteniendo el mismo sistema de intervalos con una carga más baja.
Al poco tiempo me recuperé. Se redujo la fatiga, regresó la tranquilidad y pude continuar hasta completar los 45 minutos.
Las pulsaciones se mantuvieron aproximadamente entre 116 y 120. Mi equipo me había indicado una zona de trabajo alrededor de 120–130, siempre valorando cómo me encontraba.

Lo importante era cómo me recuperaba
El profesional me explicó algo que se me quedó grabado: no observaba únicamente que terminara cansado, sino cómo evolucionaba ese cansancio y cuánto tardaba en recuperarme.
En mi caso, la recuperación fue progresiva y clara. Bastó con beber agua, reducir la resistencia y continuar a menor carga para que las piernas respondieran de nuevo.
Después hice los ejercicios de respiración y completé las mancuernas de tres kilos sin problemas. Las piernas estaban cargadas, pero los brazos toleraron mucho mejor el peso que el día anterior.
Cansado, pero con el trabajo hecho
Salí mejor de lo que esperaba. Descansé un poco antes de conducir, fui al supermercado, cargué dos bolsas y subí a casa.
Después merendé y me senté junto al ventilador. Continuaba cansado por los días acumulados, pero veía una mejoría evidente. No permanecí agotado durante horas ni fui empeorando.
El cuerpo se recuperó y, al comprobarlo, también se recuperó la confianza. Las dos cosas estaban conectadas.
Conclusión y mis impresiones
La fatiga muscular era real, pero la idea anticipada de que no podría terminar hizo que estuviera todavía más pendiente de cada molestia.
Cuando bebí agua, bajaron la resistencia y noté que las piernas volvían a responder, cambió también mi pensamiento: «Estoy mejor. Puedo continuar».
No siempre avanzo aumentando la intensidad. Algunas veces avanzo cuando reduzco el ritmo, permito que el cuerpo se recupere y consigo continuar hasta el final.
Una ausencia necesaria
La rehabilitación forma parte de mi vida, pero la vida no siempre permite que todo siga el horario previsto.
El viernes no pude asistir a la sesión. Mi padre tenía una tos persistente y tuve que llevarlo a urgencias. La situación surgió de esa manera y no pude avisar al centro.
Hoy lunes se lo explicaré al equipo. También les contaré que mi padre está esperando una operación y que próximamente puede que tenga que faltar de nuevo para acompañarlo y atender lo que necesite.
No quiero abandonar la rehabilitación ni perder la continuidad que estoy empezando a construir. Pero recuperarse no significa que el resto de la vida se detenga. Algunas veces aparecen situaciones familiares que deben atenderse en ese momento.
Conclusión y mis impresiones
Esta ausencia también forma parte del proceso. Mi intención sigue siendo acudir con constancia, explicar con claridad lo ocurrido y buscar con el equipo la manera de mantener la rehabilitación compatible con la situación de mi padre.
Una conversación que nos ayudó a seguir pedaleando
Cuatro personas nuevas llegaron con el miedo dibujado en la cara. Al terminar, las preguntas, las conversaciones y alguna broma habían transformado el ambiente.
De repente éramos siete
La parte física de la sesión transcurrió bien. Hice la bicicleta sin problemas y completé también los ejercicios finales con las mancuernas de tres kilos.
La novedad estaba a nuestro alrededor. De un día para otro se incorporaron cuatro personas y pasamos a ser siete. Cinco ocupábamos las bicicletas y dos caminaban en las cintas.
En los nuevos se reconocía enseguida la preocupación: rostros serios, silencio, muchas dudas y esa forma de observar cada movimiento cuando todavía no sabes qué va a ocurrir. Me vi reflejado en ellos porque cinco sesiones antes había llegado con una inquietud parecida.
«Yo también estaba así»
El compañero que pedaleaba a mi lado me preguntaba si determinadas sensaciones eran normales. Estaba muy temeroso.
Le expliqué que aquel era su primer día, que yo también había comenzado con miedo y que, después de cinco sesiones, cada vez me sentía más seguro. No pretendía darle indicaciones médicas. Solo podía compartir lo que yo estaba viviendo: acudir, trabajar bajo supervisión y comprobar poco a poco que el cuerpo respondía.
Él asentía porque comprendía que la parte mental también pesa. Después de un problema cardíaco aparecen temores que resultan difíciles de explicar a quien no ha pasado por algo parecido.

Una pequeña burbuja dentro de la sala
La conversación no solamente podía ayudarlo a él. También me ayudaba a mí, porque sigo dentro de mi propio proceso de recuperación.
Durante cinco o diez minutos continuamos pedaleando mientras hablábamos tranquilamente. El ejercicio dejó de ocupar el primer plano. Ya no estaba pendiente de cada vuelta del pedal ni del tiempo que faltaba. La charla fue tan amena que la sesión pareció avanzar mucho más rápido.
Se creó una pequeña burbuja: dos personas que no se conocían, pero que podían comprenderse porque ambas estaban intentando recuperar la confianza después de haber pasado por algo parecido.
El ambiente también ayuda a rehabilitar la mente
Aquel día el entrenador comenzó sus vacaciones y la sesión quedó atendida por las dos enfermeras. Estuvieron muy pendientes de todos, especialmente de quienes acababan de incorporarse. Su atención y cercanía aportaban seguridad y permitían concentrarse en el ejercicio.
Conforme pasan los días se forma una pequeña familia. Aparecen las conversaciones y las bromas. Durante uno de los movimientos finales teníamos que estirar la pierna hacia atrás. Los nuevos seguían las instrucciones completamente serios, así que dije: «Sí, sí, como una bailarina». Se rieron y la tensión disminuyó.
Al principio habían llegado callados. Cuando nos tomaban las últimas tensiones ya hablaban, preguntaban dónde podían cambiarse y se les veía bastante más relajados.
Vínculos que nacen sin buscarlos
Desde los primeros días me habían llamado la atención varias placas colocadas en la parte alta de un mueble. Son agradecimientos de antiguos pacientes al equipo médico y al hospital por su trabajo en la rehabilitación cardíaca. También hay alguna fotografía compartida con ellos.
Esas placas muestran algo que no aparece en las máquinas ni en las gráficas: durante la recuperación se crean vínculos humanos. También lo había visto en el grupo anterior al nuestro. Con el paso de los días se esperaban, conversaban e incluso algunos se ofrecían para llevar a otro.
Hoy los nuevos comenzaron a compartir cómo habían vivido sus propios problemas cardíacos. Sus historias les pertenecen y no necesito contarlas. Lo importante fue lo que produjo la conversación: dejamos de ser siete desconocidos haciendo ejercicio en la misma sala.
Conclusión y mis impresiones
Hoy comprobé que compartir lo vivido no solo ayuda a quien acaba de empezar. También refuerza a quien todavía continúa recuperándose.
Hace cinco sesiones era yo quien necesitaba tranquilidad. Hoy pude acompañar a alguien que llegaba con el mismo miedo y, al hacerlo, reconocí mi propio avance. Cada vez me siento más seguro con mi cuerpo, termino más fresco y estoy más contento con lo que estoy consiguiendo.
También vi en la vida real la filosofía que intento transmitir en El Arte de Pausar: escuchar, acompañar y ayudar desde la experiencia, sin hablar desde arriba y sin prometer soluciones.
Hoy no solo ejercité el cuerpo. Ayudé a otros a relajarse y ellos también me ayudaron a continuar mi propio camino.
Aprender que el cansancio también es normal
Llegué con el cansancio de una mañana intensa, completé la sesión y después pude continuar con mi vida. Poco a poco estoy dejando de interpretar el esfuerzo como una señal de peligro.
La sesión comenzó mucho antes de llegar al hospital
Me había levantado a las seis y media. Desayuné, estuve con mi hija y después fui a ayudar a mis padres con la compra y algunas cosas de la casa.
Cuando regresé preparé la comida, comimos y descansé un poco. Más tarde dejé a mi hija con una de mis hermanas y conduje los treinta kilómetros que me separaban del hospital.
Al llegar a rehabilitación ya acumulaba alrededor de 4.500 pasos, varias horas de actividad y el cansancio de haber empezado el día temprano. No entré fresco, pero sí dispuesto a hacer el trabajo que pudiera dentro de mis límites.
Otra vez bicicleta y el problema del sillín
Ahora somos más pacientes y en la sala solamente hay dos cintas y cinco bicicletas. Por eso me tocó la bicicleta por segundo día consecutivo.
El ejercicio no era lo más incómodo. El sillín me produce dolor y hace que se duerma la zona sobre la que estoy sentado. No me ocurre solo a mí: otros compañeros también necesitan recolocarse o detenerse unos instantes por la misma molestia.
Aun así, completé los 45 minutos. La resistencia fue aumentando poco a poco y las pulsaciones no pasaron aproximadamente de 112 o 113.
Esta vez no necesité bajar el ritmo
Al acercarme a los 40 minutos, las piernas empezaron a avisarme de que llevaban bastante tiempo pedaleando. Notaba la fatiga y el cansancio acumulado de toda la mañana.
En una sesión anterior, cuando llegué a ese punto, pedí que redujeran la resistencia. Esta vez pude mantener el trabajo progresivo hasta el final. Me concentré en la música y me repetí: «Un poquito más, un poquito más».
No intentaba competir ni demostrar nada. Simplemente comprobé que, aun llegando cansado, mi cuerpo toleraba mejor el esfuerzo y era capaz de recuperarse mientras continuaba.
Las mancuernas y la recuperación
Después hice los ejercicios con las mancuernas de tres kilos sin problemas. Es una parte de la sesión que me gusta porque noto trabajar los brazos, la espalda y la zona del cuello, aunque continúen mis molestias musculares habituales.
Al terminar me tomaron la tensión y descansé un poco. Después caminé tranquilamente durante dos o tres minutos hasta el coche. Salí sudado y físicamente cansado, pero no iba arrastrándome ni jadeando. Tampoco tenía mareos ni sensaciones extrañas.
Bebí agua, conduje con normalidad y todavía fui a buscar a mi hija y al supermercado. Ya en casa me duché, cené, tomé mi medicación, preparé la cena de la niña y seguí con las tareas habituales.
La primera lucha ocurre antes de salir de casa
Cada día aparece algún pensamiento parecido: «Hoy no tengo ganas», «Estoy cansado», «Tengo agujetas» o «Mejor me quedo tranquilo». Después de tantos años de sedentarismo y del miedo provocado por el infarto, la mente puede identificar el descanso y la zona de confort con la seguridad.
Por eso intento ser firme conmigo mismo: «No, hoy hay que ir. Hay que seguir enseñando al cuerpo a moverse y a recuperar la confianza».
Eso no significa ignorar lo que siento ni obligarme a cualquier precio. Si algo no va bien, lo comunico y reduzco el ritmo. La diferencia está entre escuchar una señal verdadera del cuerpo y permitir que la pereza, el miedo o la inseguridad decidan por mí antes de intentarlo.
Conclusión y mis impresiones
El cansancio empieza a dejar de parecerme una señal de peligro. Ahora lo reconozco como una respuesta normal al esfuerzo: noto cómo llega, observo cómo reacciona mi cuerpo y compruebo que, después de descansar, me recupero y puedo continuar con mi vida.
Durante la segunda semana siento que el cuerpo va asimilando mejor el ciclo de esfuerzo, cansancio y recuperación. Unos días termino más fresco y otros noto la actividad acumulada, pero ya conozco mejor mis límites y mi capacidad para recuperarme.
Esa tranquilidad no apareció de golpe. La estoy adquiriendo mediante cada sesión y gracias a realizar el ejercicio bajo supervisión. Por eso considero tan importante la rehabilitación cardíaca: no solo ayuda al cuerpo a acostumbrarse nuevamente al movimiento, sino que también permite recuperar la confianza.
El corazón avanza, pero el resto del cuerpo también necesita recuperarse
La sesión cardíaca transcurrió con normalidad. Sin embargo, las molestias musculares, una bicicleta mal ajustada y las limitaciones de la sala me recordaron que recuperarme significa cuidar el cuerpo entero.
Volví a rehabilitación como cada día. Faltaron dos compañeros: uno había avisado de que estaba enfermo y el otro solo asistió el primer día. Sus motivos les pertenecen; para mí fue simplemente un cambio en el grupo.
Me tocó la bicicleta. El ejercicio cardíaco fue bien, sin dolor en el pecho, palpitaciones ni sensaciones extrañas. Completé también las pesas y, por esa parte, la sesión fue normal.
Lo diferente estaba en otro lugar: empezaba a notar con más claridad la sobrecarga de los músculos y las limitaciones que arrastro desde hace años.

Una mano que no agarra igual cambia todo el movimiento
Desde el principio expliqué que tengo un dedo gatillo en el pulgar derecho. Al coger una mancuerna no puedo repartir bien la fuerza entre todos los dedos y termino compensando con el resto de la mano, el brazo, el hombro y la espalda.
Con tres kilos puedo realizar el ejercicio, pero empiezo a notar una ligera molestia en el codo derecho y más carga en los hombros y la espalda. No es un dolor fuerte, pero sí una señal que debo comunicar. Quizá necesite usar menos peso con esa mano o adaptar algunos movimientos.
También me ocurre al sujetar el manillar. Sin darme cuenta levanto los hombros y los mantengo tensos. Cuando me lo indican los relajo, pero al poco tiempo vuelvo a encogerlos. Es un hábito corporal que tengo que aprender a corregir.
La postura de la bicicleta también importa
La bicicleta que utilicé no estaba bien ajustada para mí. El manillar estaba inclinado hacia abajo y tuve que pedir que lo levantaran. Además, el asiento parecía demasiado bajo: pedaleaba algo hundido y las piernas llegaban a rozarme el abdomen.
A eso se sumó el sillín. Resulta tan incómodo que, incluso usando cojines, la zona termina dolorida y adormecida. No soy el único. Varios compañeros se recolocan continuamente y uno llegó a sufrir un tirón al levantarse para aliviar la molestia.
No lo cuento para dramatizar. Lo cuento porque una mala postura o una incomodidad constante pueden hacer que el cuerpo trabaje de una forma que no corresponde, especialmente cuando ya existen molestias musculares.
Un mareo breve al salir
Al terminar, mientras caminaba con un compañero hacia el coche, tuve un mareo que me obligó a detenerme y apoyarme durante aproximadamente un minuto. No sentí dolor ni presión en el pecho. Comprobé mis pulsaciones y estaban alrededor de 80.
Me senté en el coche, descansé, bebí agua y me recuperé. Después conduje hasta casa y continué con mi vida normal. Por cómo apareció y por mis antecedentes de tensión cervical, creo que pudo estar relacionado con el cansancio o con el cuello, aunque no puedo asegurarlo.
Precisamente por eso voy a comentarlo al equipo. Haber aprendido a reconocer muchas de mis sensaciones no significa que deba ignorarlas ni decidir por mi cuenta cuál es su origen.
Buenos profesionales, medios limitados
La sala recibe tres grupos diarios de aproximadamente siete personas. Es un espacio pequeño, con el techo bajo, cinco bicicletas, dos cintas y algunos aparatos que muestran mucho uso. Hay sujeciones deterioradas, una cinta que no siempre funciona bien y pulsómetros que en ocasiones dan problemas.
Entre un grupo y el siguiente, las profesionales limpian las máquinas con una toalla y un producto desinfectante. Hacen lo posible para mantenerlo todo preparado, vigilar las constantes y atender a cada paciente.
Quiero dejarlo muy claro: estoy agradecido a los médicos y enfermeras que me atienden. Son excelentes profesionales, muy atentos y capaces de transmitir tranquilidad. Mi reflexión no es una queja contra ellos. Al contrario, me da pena verlos trabajar con recursos que no siempre están a la altura de la labor que realizan.
Conclusión y mis impresiones
Mi recuperación cardíaca continúa avanzando. Puedo pedalear, hacer los ejercicios y comprobar que el corazón responde bien. Pero ahora también estoy viendo algo importante: no quiero limitarme a recuperar únicamente el corazón.
Quiero corregir la postura, aliviar la tensión del cuello y la espalda, tratar el problema de la mano y aprender a moverme sin sobrecargar unas zonas para proteger otras. He dejado de fumar, estoy comiendo mejor y he vuelto a hacer ejercicio. Ya que he iniciado este cambio, quiero hacerlo de verdad.
No espero salir perfecto ni solucionar en unos días problemas que llevan años conmigo. Lo que quiero es comenzar una recuperación completa, con orientación profesional y respetando mis límites, para volver a ser una persona activa y mantenerme así con el paso de los años.
Comprendiendo qué nos ocurrió realmente
Una charla en grupo nos ayudó a entender mejor el infarto, el cateterismo, el stent y los factores de riesgo. Al volver a las máquinas comprobé también cuánto había cambiado mi manera de vivir el esfuerzo.
Hasta ahora, la rehabilitación había consistido principalmente en entrar en la sala, controlar nuestras constantes, hacer ejercicio e ir conociendo nuestros límites.
Pero aquel lunes hubo algo diferente: una charla en grupo.
Antes de empezar con las máquinas asistimos a la primera de una serie de charlas de educación sanitaria. La idea es ayudarnos a comprender mejor qué nos ocurrió, por qué sucede un infarto y qué podemos hacer a partir de ahora para reducir el riesgo de que vuelva a pasar.
Puede parecer algo básico, pero no lo es. Cuando sufres un infarto escuchas muchas palabras en muy poco tiempo: arterias, cateterismo, stent, medicación, factores de riesgo… Las escuchas mientras estás preocupado, mientras tu familia intenta comprender qué está ocurriendo y mientras los profesionales trabajan para tratarte.
No siempre tienes la cabeza preparada para entenderlo todo.
Por eso, meses después, sentarnos tranquilamente y volver a escuchar aquellas explicaciones fue diferente. Esta vez no estábamos en una camilla ni esperando una prueba. Podíamos preguntar, observar y comprender con más calma.

Comprender qué ocurre durante un infarto
Nos explicaron la diferencia entre las arterias y las venas y cómo las arterias coronarias recorren la superficie del corazón para llevar sangre y oxígeno al músculo cardíaco.
Cuando una de esas arterias queda obstruida o el paso de la sangre se reduce de manera importante, una parte del corazón deja de recibir el oxígeno que necesita. Si la circulación no se recupera a tiempo, el músculo cardíaco empieza a dañarse.
También volvimos a hablar del cateterismo y del stent. En la televisión vimos un pequeño vídeo que mostraba cómo se introduce y se expande dentro de la arteria. Después nos enseñaron un stent real dentro de un pequeño recipiente transparente.
Me sorprendió comprobar lo pequeño que era. Cuando te dicen que llevas dos stents dentro de las arterias, puedes imaginar algo mucho más grande o aparatoso. Sin embargo, delante de nosotros había una estructura diminuta.
Un mismo infarto, síntomas diferentes
En un momento de la charla nos preguntaron qué síntomas habíamos sentido. Las respuestas mostraron que, aunque todos habíamos pasado por un problema cardíaco, no todos lo habíamos vivido exactamente de la misma manera.
Una persona recordó dolor de cabeza. Otra contó que había vomitado. Algunas habían sentido dolor en el pecho y en el brazo. Otra describió cómo la molestia le subía también hacia la mandíbula. También se habló de sudoración abundante y de otras sensaciones que aparecieron durante aquellos momentos.
En mi caso, apareció el dolor en el pecho y en el brazo.
Había síntomas que se repetían, pero también diferencias. Aquella conversación dejó una idea muy clara: un infarto no siempre se presenta de la misma forma ni con la misma intensidad.
El Código Infarto
Durante la charla también nos explicaron que en Canarias existe un procedimiento llamado Código Infarto.
Cuando los servicios de urgencias detectan determinados signos compatibles con un infarto que necesita una intervención inmediata, se pone en marcha un circuito coordinado entre emergencias, cardiología y el hospital con unidad de hemodinámica.
Según nos explicaron, el equipo que atiende inicialmente al paciente comunica los síntomas al cardiólogo responsable y puede enviarle el electrocardiograma realizado. Con esa información y la valoración médica se decide si deben activar el protocolo.
El objetivo es reducir al máximo el tiempo hasta el tratamiento. En determinadas situaciones, el paciente puede ser trasladado directamente al centro preparado para realizar la intervención, evitando parte del recorrido habitual por Urgencias. Uno de mis compañeros contó que, en su caso, tuvieron que trasladarlo en helicóptero.
Durante la atención inicial y el traslado pueden administrarse medicamentos como nitroglicerina, antiagregantes u otros tratamientos, dependiendo de la situación de cada persona. No eliminan automáticamente la obstrucción: pueden aliviar síntomas, dificultar que el coágulo siga creciendo o ayudar a mantener estable al paciente mientras recibe el tratamiento necesario.
Mi diagnóstico no fue inmediato
Cuando apareció el dolor llamé a una ambulancia. Pude salir de casa consciente, caminar hasta ella y sentarme para que comenzaran a atenderme.
Me administraron medicación y la intensidad del dolor disminuyó. La molestia no desapareció completamente, pero ya no tenía la misma sensación que al principio.
Cuando llegué al hospital no fui directamente a una sala de hemodinámica. Pasé por Urgencias y permanecí allí durante toda la noche.
Me hicieron electrocardiogramas, analíticas y diferentes controles. Al principio, las pruebas no parecían ofrecer una respuesta definitiva. Había algo que hacía sospechar a los profesionales, pero yo no conocía exactamente qué estaban observando.
Después de repetir las analíticas y valorar la evolución, confirmaron que había sufrido un infarto de miocardio. A partir de ese momento me trasladaron para realizar el cateterismo y finalmente me colocaron dos stents.
No sé por qué mi recorrido fue distinto al de otros pacientes. No puedo afirmar que mi infarto fuera más leve, más lento o de otro tipo porque no dispongo de la información necesaria para decirlo.
Lo que sí puedo contar es cómo lo viví: consciente, con un dolor que disminuyó después de la medicación y con un diagnóstico que necesitó varias pruebas antes de quedar confirmado.
La medicación no está puesta porque sí
También nos explicaron de forma general por qué, ante la sospecha de un infarto, los profesionales pueden administrar diferentes medicamentos.
Algunos ayudan a aliviar el dolor o a reducir el trabajo que realiza el corazón. Otros actúan sobre las plaquetas o la coagulación para evitar que el problema avance mientras se organiza el tratamiento definitivo.
No se trata simplemente de tomar algo que “desatasque” inmediatamente la arteria. Cada medicamento cumple una función concreta y su utilización depende de la situación del paciente.
Aquella explicación reforzó algo importante: después de un infarto no deberíamos retirar, cambiar ni saltarnos la medicación por nuestra cuenta. Si existe una duda o aparece algún efecto secundario, hay que comentarlo con el profesional correspondiente.
Precisamente, la siguiente charla estará dedicada al tratamiento farmacológico. Quiero asistir porque una cosa es tomar las pastillas todos los días y otra comprender para qué sirve cada una y por qué es importante mantenerla.
Hay riesgos que podemos cambiar y otros que no
Otra parte de la charla estuvo dedicada a los factores de riesgo cardiovascular. La prevención no debería utilizarse para culpabilizar a nadie, sino para identificar aquello que todavía podemos mejorar.
Factores sobre los que podemos actuar
- Tabaco y sedentarismo.
- Alimentación y exceso de peso.
- Tensión arterial, colesterol y diabetes.
- Descanso y manejo del estrés.
Factores que no podemos cambiar completamente
- Edad y antecedentes familiares.
- Determinadas alteraciones genéticas.
- La respuesta particular de cada organismo.
Nos hablaron, por ejemplo, de la hipercolesterolemia familiar, una alteración hereditaria que puede provocar niveles muy elevados de colesterol desde edades tempranas. Algunas personas necesitan tratamiento desde jóvenes aunque cuiden su alimentación y lleven una vida activa.
En mi caso, dejar de fumar, mejorar la alimentación, perder peso y volver a hacer ejercicio son cambios que sí están en mis manos. No puedo modificar lo que ya ocurrió, pero sí puedo decidir qué hago a partir de ahora.
El estrés también cuenta, pero no explica todo
Durante la charla se insistió especialmente en el estrés y los nervios. Es un asunto que siempre me ha preocupado porque creo que muchas veces se infravalora.
Una semana antes de sufrir el infarto había dejado mi puesto de trabajo. Durante las semanas anteriores no me encontraba bien allí. Soportaba mucho estrés, comía mal, dormía poco y mi cuerpo mostraba señales claras de agotamiento y tensión. A todo aquello se añadían la enfermedad de mi padre y mi deseo de ayudarlo y estar pendiente de él.
Con esto no quiero afirmar que el estrés provocara mi infarto. No puedo saberlo y seguramente no existió una única causa. En mi vida se habían acumulado varios factores: el estrés, la mala alimentación, el tabaco, la falta de descanso y años de sedentarismo.
Durante la charla utilizaron una comparación que se entiende muy bien: un infarto puede tocarle a cualquiera, pero no todos llevamos el mismo número de papeletas para ese sorteo. Al mirar cómo había vivido durante los últimos años, parece evidente que yo había acumulado bastantes.
Eso no significa que el infarto fuera inevitable ni que una persona que se cuida tenga garantizado que nunca le ocurrirá. Significa que reducir los factores que están en nuestras manos puede disminuir el riesgo, aunque nunca exista una seguridad absoluta.
Volver a las máquinas después de la charla
Después de hablar sobre arterias, infartos, stents y factores de riesgo, regresamos al ejercicio.
Aquel lunes noté que estaban aumentando la intensidad. Durante algunos momentos mis pulsaciones llegaron aproximadamente a 128. Era una cifra algo superior a las referencias con las que había trabajado al principio del programa, pero el profesional estaba controlando la sesión y consideró que aquella respuesta era adecuada para el esfuerzo que realizaba.
No me encontraba mal. Estaba cansado, sí, pero era el cansancio provocado por el ejercicio. Además, durante la mañana había estado ayudando a mis padres y ya acumulaba actividad antes de entrar en la sala.
Cada vez estoy entendiendo mejor que una cifra aislada no cuenta toda la historia. También importan la intensidad del ejercicio, cómo me encuentro, qué actividad he realizado antes, cómo evolucionan las pulsaciones y qué observa el equipo que me está supervisando.
Más resistencia y menos miedo
Al día siguiente volví para trabajar en la bicicleta. La sesión duró aproximadamente 45 minutos y se organizó mediante cambios de resistencia. Comenzamos alrededor de 35 vatios, subimos a 55, volvimos a bajar, aumentamos después a 60 y durante algunas rondas llegué a trabajar con 80 vatios.
En los últimos días están apretando un poco más. El ejercicio exige más fuerza y las piernas terminan cansadas. Pero me sentí muy cómodo.
Había cansancio, naturalmente, pero era el cansancio esperable después de trabajar durante 45 minutos. No estaba pendiente constantemente del corazón ni buscando una señal de alarma en cada sensación.
Ahora mismo, mi principal limitación parece estar más relacionada con la espalda y las molestias musculares que arrastro desde hace tiempo. Cuando utilizamos las mancuernas, el brazo derecho suele darme algún problema. Es algo que necesito seguir explicando al equipo, sin decidir por mi cuenta cuál es su origen.
La parte humana que ninguna máquina puede sustituir
Hay algo que tampoco aparece en las cifras ni en las pulsaciones: el factor humano de los profesionales que nos acompañan.
Los médicos y enfermeras también tienen su carácter, sus inquietudes y su sentido del humor. Con el paso de los días aparecen las conversaciones y las bromas, el ambiente se vuelve más familiar y la rehabilitación deja de sentirse como una obligación fría o desagradable.
Cuando hay buenos profesionales puedes explicar una molestia, preguntar una duda y afrontar el ejercicio con más tranquilidad. Esto es especialmente importante cuando llegas con miedo y todavía estás intentando recuperar la confianza en tu cuerpo.
Los medios adecuados son necesarios, pero la cercanía, la escucha y el calor humano no pueden sustituirse con tecnología. En mi experiencia, esa parte humana está siendo esencial.
Lo que todavía nos queda por aprender
La educación sanitaria no termina con esta primera charla. Durante las próximas semanas se tratarán otros asuntos que también forman parte de la vida después de un infarto.
Tratamiento y vida cotidiana
- Para qué sirve el tratamiento farmacológico.
- Cómo interpretar el informe de alta.
- Qué papel tiene la alimentación.
Recuperación y autocuidado
- Sexualidad y disfunción eréctil después de un infarto.
- Autocuidado y señales a las que prestar atención.
- Cómo continuar haciendo ejercicio de manera segura.
Mi programa de ejercicio terminará dentro de cinco sesiones, pero estas charlas continuarán durante varias semanas más. La asistencia es opcional, aunque mi intención es acudir a la mayoría.
Quiero comprender mejor cada parte del proceso y compartir aquí lo que vaya aprendiendo, siempre desde mi experiencia y sin convertirlo en recomendaciones médicas para otras personas.
Comprender también forma parte de recuperarse
Aquella charla me recordó que la rehabilitación cardíaca no sucede únicamente encima de una bicicleta o de una cinta. También ocurre cuando comprendes qué te pasó, por qué tomas determinada medicación, qué factores puedes modificar y cuáles no dependen de ti.
Saber no elimina todas las dudas, pero ayuda a que el miedo ocupe menos espacio.
Todavía me quedan cinco sesiones de ejercicio y varias charlas a las que quiero asistir. Pero ya no estoy viviendo este proceso como alguien que simplemente cumple unas instrucciones. Poco a poco estoy entendiendo mi cuerpo, mi tratamiento y el camino que todavía tengo por delante.
Fuentes médicas consultadas para contextualizar esta experiencia
Código Infarto Canarias · Información general sobre el infarto de miocardio · Hipercolesterolemia familiar
La sala grande: aprender dónde están nuestros límites
Una sesión diferente nos llevó desde la práctica de primeros auxilios hasta un circuito agotador de fuerza y agilidad. Más que alcanzar una cifra, el aprendizaje estuvo en saber parar, respirar y observar cómo recuperaba el cuerpo.

Ese jueves vivimos una sesión completamente diferente.
Desde que comenzamos la rehabilitación había una sala grande que veíamos desde fuera, pero ninguno de nosotros sabía exactamente para qué se utilizaba. Habitualmente la empleaban personas con otro tipo de dolencias, como problemas musculares o articulares.
Esta vez nos tocó entrar a nosotros.
Antes de comenzar el ejercicio recibimos una explicación básica sobre cómo actuar si encontramos a una persona inconsciente. Primero vimos un vídeo y después practicamos con dos maniquíes.
Saber reaccionar mientras llega la ayuda

La primera indicación fue sencilla, pero importante: antes de acercarnos debemos comprobar que el lugar sea seguro.
Si existe tráfico, fuego, agua u otro peligro, no podemos convertirnos también nosotros en víctimas. Después debemos comprobar si la persona responde, pedir ayuda en voz alta y llamar al 112. Si estamos solos, podemos poner el teléfono en manos libres para seguir las indicaciones del operador mientras atendemos a la persona.
También practicamos cómo comprobar si respira normalmente y cómo realizar las compresiones torácicas cuando alguien no responde.
Nos explicaron que una persona que no sepa hacer ventilaciones o no se sienta segura realizándolas puede centrarse en las compresiones, siguiendo siempre las instrucciones del 112. Si hay más personas disponibles, pueden turnarse, porque mantener una reanimación durante varios minutos resulta mucho más agotador de lo que parece.
Todos pasamos por los maniquíes y pudimos comprobarlo.
Desde fuera parece un movimiento sencillo. Cuando empiezas a practicarlo entiendes la fuerza, el ritmo y la concentración que exige.
Algo en lo que insistieron fue en la importancia de actuar.
Si una persona está inconsciente y no respira normalmente, pedir ayuda e iniciar las maniobras siguiendo las instrucciones del 112 puede marcar una diferencia mientras llegan los profesionales. No se trata de improvisar ni de hacer cualquier cosa, sino de no quedarse completamente paralizado por miedo a equivocarse.
También nos recordaron que no debemos mover innecesariamente a una persona inconsciente, salvo que permanezca en un lugar peligroso. Ante la posibilidad de una caída o un traumatismo, lo más seguro es explicar la situación al 112 y seguir sus indicaciones.
Dieciocho ejercicios y una sala que parecía no terminarse
Después comenzó la parte física.
Habían preparado nueve ejercicios de agilidad y otros nueve de fuerza. Había trabajo de piernas y brazos, equilibrio, estiramientos, ejercicios con pelota y diferentes formas de agacharnos y volver a levantarnos.
En algunos movimientos teníamos que levantarnos utilizando las piernas y las rodillas sin apoyarnos con las manos. En otros trabajábamos la coordinación, el equilibrio o la capacidad de cambiar de posición manteniendo el control del cuerpo.
Realizábamos rondas de cinco o diez repeticiones, dependiendo del ejercicio. Cada estación duraba aproximadamente un minuto y medio y después disponíamos de otro minuto y medio para descansar y recuperarnos.
Entre las explicaciones, los cambios de estación y el circuito completo estuvimos allí alrededor de una hora y diez minutos.
Fue duro.
No era el cansancio habitual de terminar una ronda de bicicleta y esperar a que bajara la resistencia. Era un esfuerzo mucho más general. Trabajaban las piernas, los brazos, la espalda, la coordinación y el equilibrio casi al mismo tiempo.
Al terminar, todos salimos agotados.
Llegué a 147 pulsaciones, pero no estuve descontrolado
Durante los momentos más intensos mis pulsaciones se movían con frecuencia alrededor de 128 o 130. En los descansos descendían aproximadamente hasta 116.
En un momento concreto el pulsómetro llegó a marcar 147.
Es una cifra bastante superior a las referencias con las que había trabajado habitualmente dentro del programa, pero aquella sesión estaba supervisada. No continuábamos los ejercicios sin control: podíamos detenernos, descansar y explicar cualquier sensación que apareciera.
En algunos momentos noté una ligera sensación de mareo coincidiendo con la fatiga muscular y con el esfuerzo de controlar la respiración. Lo comuniqué inmediatamente al profesional que dirigía la sesión.
Éramos nueve, pero no estábamos compitiendo
Aquel día éramos nueve personas.
Algunos compañeros no podían completar determinados ejercicios, ya fuera por su condición física o por otras dolencias. El profesional lo repetía con claridad:
Esa frase resume una parte importante de la rehabilitación.
Todos estábamos en la misma sala y seguíamos el mismo circuito, pero nuestros cuerpos no eran iguales. Cada persona había sufrido un problema diferente, tenía una condición física distinta y arrastraba sus propias limitaciones.
No tenía sentido fijarme en cuántas repeticiones podía hacer otra persona ni intentar demostrar que yo podía soportar más.
Cada uno tenía que reconocer sus limitaciones y trabajar desde ellas.
Lo importante no fue alcanzar 147, sino recuperar
Lo que me dio tranquilidad no fue ver 147 pulsaciones en el pulsómetro.
Lo importante fue comprobar que, cuando me detenía, mi cuerpo respondía y las pulsaciones comenzaban a bajar. Durante las pausas descendían y podía notar cómo la respiración y el esfuerzo volvían poco a poco a una situación más cómoda.
Según lo observado durante aquella sesión, mi recuperación seguía el comportamiento esperado por el profesional que nos supervisaba.
Eso me ayudó a comprender algo: recuperarse también se aprende.
No basta con saber hacer un ejercicio. Hay que aprender a frenar, respirar, permitir que el cuerpo se recupere y decidir, con la supervisión adecuada, cuándo estamos preparados para continuar.
Aprender a respirar también forma parte del ejercicio
Al terminar nos explicaron que el objetivo de aquel circuito no era agotarnos porque sí.
Querían que aprendiéramos a reconocer nuestros límites, a saber cuándo debemos parar y a observar cómo responde el cuerpo durante la recuperación.
También insistieron en la respiración.
Cuando un ejercicio se vuelve difícil podemos tensarnos, aguantar el aire o respirar de manera desordenada. Aprender a acompasar la respiración, hacer una pausa y permitir que el organismo se recupere también forma parte del entrenamiento.
Aquel día pude observar esa recuperación de una manera mucho más clara que sobre la bicicleta.
El pulso subía con el esfuerzo y descendía durante las pausas. El cansancio estaba ahí, pero el cuerpo no se quedaba bloqueado. Poco a poco volvía a una situación más cómoda y podía continuar cuando me indicaban que era el momento.
Conocer el límite no significa buscarlo constantemente
Antes del infarto podía entender el ejercicio como una competición conmigo mismo: hacer más, aguantar más y no parar.
Ahora lo estoy viendo de otra manera.
Conocer mis límites no consiste en llegar siempre hasta ellos. Consiste en reconocer las señales, comunicar lo que siento, detenerme cuando sea necesario y comprobar cómo me recupero.
Aquel día terminé completamente agotado, igual que el resto de mis compañeros. Pero también terminé con una información que antes no tenía.
Sé que mi cuerpo puede realizar movimientos mucho más variados de los que estaba haciendo hasta ahora. Sé que puedo cansarme sin interpretar automáticamente ese cansancio como una señal de peligro. Y sé que, cuando descanso, mi organismo recupera de una manera que el equipo considera adecuada dentro de mi proceso.
La sala grande dejó de ser aquella habitación cuyo propósito desconocíamos.
Ahora sé que estaba allí para enseñarnos algo que ninguna bicicleta podía mostrarnos por sí sola: cómo responde todo el cuerpo cuando tiene que trabajar de verdad.
Fuentes consultadas para contextualizar la parte de primeros auxilios
Consejo Europeo de Resucitación · Guías 2025 · Cruz Roja Española · Reanimación cardiopulmonar
Un punto de inflexión: cuando consigues estar por encima de tus pensamientos
Llegué más cansado de lo habitual y pensando que quizá tendría que bajar el ritmo. Salí todavía más cansado, pero contento: durante aquella sesión ocurrió algo que solo comprendí de verdad unas horas después.
La penúltima sesión empezó como empiezan los lunes: antes del ejercicio tuvimos una charla de educación sanitaria. Esta vez hablamos de la medicación que forma parte de la vida de muchos pacientes después de un infarto.
Ya había contado en este diario que la medicación no está puesta porque sí. Esta charla no necesitaba repetir aquello. Dio un paso más: entender por qué dos personas que han sufrido un infarto pueden tomar medicamentos diferentes, por qué las dosis no tienen que coincidir y por qué comparar nuestro tratamiento con el del compañero puede confundirnos.

No todos tomamos lo mismo, aunque todos hayamos pasado por un infarto
La profesional utilizó el portátil conectado a la televisión para ir explicando visualmente los distintos grupos de medicamentos. Hablamos de antiagregantes como el ácido acetilsalicílico —el principio activo de Adiro— y de ticagrelor —Brilique—, además de tratamientos para el colesterol y la tensión arterial.
Una de las ideas que más se repitió fue que el tratamiento es individual. Que una persona tome más pastillas, una dosis distinta o un medicamento diferente no significa que esté mejor o peor que otra.
También nos explicaron por qué, después de un evento cardiovascular, pueden buscarse objetivos de colesterol LDL mucho más bajos que los que una persona consideraba “normales” antes. En prevención secundaria tras un síndrome coronario agudo, las guías europeas sitúan como objetivo un LDL por debajo de 55 mg/dL y una reducción de al menos el 50 % respecto al valor inicial. Por eso alguien puede necesitar tratamiento para reducir el colesterol aunque antes del infarto nunca hubiera pensado que tenía un problema con él.
También nos recordaron que enfermedades previas, como el asma, pueden influir en la elección o vigilancia de determinados tratamientos. Otra razón más para no copiar la medicación del compañero ni hacer cambios por nuestra cuenta.

Sentirse bien no significa que las pastillas hayan dejado de ser necesarias
También hablaron de algo que parece sencillo, pero que puede convertirse en un problema: dejar parte de la medicación porque han pasado los meses, nos encontramos bien y pensamos que ya no hace falta.
La explicación fue clara: encontrarse mejor no significa que el tratamiento haya perdido su función. Parte de esa medicación está precisamente para reducir el riesgo de nuevos problemas. Si aparece un efecto secundario o algo no nos sienta bien, la respuesta no debería ser retirarla por nuestra cuenta, sino explicarlo y valorar alternativas.
Incluso se habló de estrategias para simplificar tratamientos. Un ejemplo que comentamos después fue la llamada polipíldora: en España existe Trinomia, que combina ácido acetilsalicílico, atorvastatina y ramipril en determinadas dosis y está indicada como tratamiento de sustitución en pacientes seleccionados que ya están adecuadamente controlados con esos componentes.
Una tos que parece no irse con nada
Entre los posibles efectos secundarios apareció uno que me llamó especialmente la atención: una tos seca, persistente y rebelde que puede producirse con determinados medicamentos para la tensión, especialmente con algunos inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina, los llamados IECA.
Es fácil imaginar a una persona pensando primero en un catarro, una alergia o cualquier otra causa. Por eso este tipo de información resulta útil: no para atribuir automáticamente una tos a una pastilla, sino para saber que es una posibilidad que conviene comentar con el médico.
La ficha técnica del ramipril, por ejemplo, describe precisamente una tos característicamente no productiva y persistente asociada a los inhibidores de la ECA.
La nitroglicerina: saber cuándo usarla y, sobre todo, cuándo no
Otra parte de la charla estuvo dedicada al spray de nitroglicerina que algunos pacientes tenemos indicado como medicación de rescate. Nos explicaron cómo utilizarlo según la pauta que nos ha dado el equipo y qué hacer si aparece un dolor torácico compatible con angina que no cede como debería.
La nitroglicerina se administra debajo de la lengua y actúa rápidamente. La ficha técnica de Trinispray indica que, para los ataques agudos de angina, puede repetirse la administración a los 5–10 minutos cuando sea necesario, dentro de la pauta indicada. También advierte de la importancia de buscar atención médica si el dolor persiste.
Nos insistieron además en algo muy práctico: si la situación requiere acudir a Urgencias, no es buena idea conducir uno mismo. La nitroglicerina puede bajar la tensión y, si existe un problema cardíaco, lo razonable es pedir ayuda y seguir las indicaciones de los servicios sanitarios.
En la charla se habló de Viagra y de dejar pasar un número determinado de horas. Al preparar esta actualización preferí comprobarlo, porque aquí la memoria no es suficiente y el intervalo no es igual para todos los fármacos.
Las fichas técnicas oficiales de la AEMPS contraindican combinar nitratos con estos medicamentos por el riesgo de una bajada importante de la tensión. Como referencia, existen documentos oficiales que establecen al menos 24 horas para sildenafilo o vardenafilo, 48 horas para tadalafilo y 12 horas para avanafilo antes de plantear nitratos; cuando una situación es potencialmente mortal, cualquier administración debe quedar en manos de profesionales con la supervisión correspondiente.
Para mí, el mensaje útil como paciente es mucho más sencillo: si he tomado un medicamento para la disfunción eréctil y aparece dolor en el pecho, debo decirlo claramente a los profesionales y no utilizar nitroglicerina saltándome las indicaciones médicas.
Después de la charla llegó la cinta, y yo no llegaba precisamente fresco

Aquel día llegué cansado y lo dije antes de empezar. Venía de una mañana larga, había madrugado, llevaba bastante actividad acumulada y sabía que quizá no podría trabajar como otros días.
El mensaje del equipo fue sencillo: empieza, escucha cómo respondes y, si necesitas bajar la intensidad o parar, lo hacemos.
Me tocó la cinta. Había inclinación y el esfuerzo fue aumentando. Las pulsaciones superaron las 130 y el punto más alto que vi fue 143.
La respiración se aceleró, sudaba bastante y las piernas empezaron a notar de verdad el trabajo. No estaba cómodo porque el ejercicio fuera fácil. Estaba cómodo porque reconocía lo que sentía como esfuerzo y sabía que podía comunicar cualquier cambio.
«Cinco minutos más»
Ya me había repetido alguna vez «un poquito más» durante otras sesiones. Esta vez fue diferente. Sin haberlo planeado, empecé a dividir mentalmente el esfuerzo en pequeñas partes.
Miraba el reloj y pensaba: «Voy por el minuto veinte. Vamos a hacer cinco minutos más».
Pasaban esos cinco o seis minutos y muchas veces me olvidaba del reloj. Cuando volvía a mirarlo pensaba: «He llegado hasta aquí. Venga, otros cinco minutitos».
Hubo momentos en los que pensé de verdad: «No puedo más, le voy a decir que pare». Y habría estado bien hacerlo. Me habían dejado claro desde el principio que podía bajar la intensidad o detenerme cuando quisiera.
Pero comprobaba cómo me encontraba, seguía sintiéndome estable y me decía otra vez: «Cinco minutos más».
Y así llegué al final.
La fui terminando cinco minutos cada vez.
La tranquilidad de saber que no estaba solo
Hay algo que hizo posible vivir aquel esfuerzo con tranquilidad: sabía que me estaban observando.
La máquina avisaba cuando las pulsaciones subían. Yo tenía un espejo delante y podía ver cómo una de las profesionales estaba pendiente. Cada poco me preguntaba: «¿Todo bien, Sergio?».
Yo respondía con sinceridad: «Sí. Estoy cansado, pero estoy bien».
Otra profesional también observaba cómo caminaba, si hacía algún movimiento extraño, si aparecía mareo o si necesitaba reducir la carga. En varias ocasiones me ofrecieron bajar la intensidad. Yo sabía que podía hacerlo en cualquier momento.
Ya he hablado antes en este diario de los medios limitados y de los problemas que pueden dar algunos aparatos. No necesito repetirlo aquí. Lo que aquella sesión me recordó es que la seguridad que yo sentía no procedía solamente de una pantalla: procedía también de tener profesionales mirando a la persona que estaba sobre la cinta.
Estar por encima de mis pensamientos no significa estar por encima de mi cuerpo
Este matiz es importante.
Lo que ocurrió aquel día no fue una competición contra el cansancio ni una lección de «aguanta aunque no puedas». Si hubiera aparecido una mala sensación, si el equipo hubiera indicado parar o si yo hubiera sentido que necesitaba hacerlo, habría parado.
La lucha era otra. Durante meses he tenido que aprender a distinguir entre el cuerpo trabajando y la cabeza anticipando peligro antes de tiempo. Aquella tarde, durante unos minutos, conseguí que el miedo no decidiera automáticamente por mí.
Me concentré en caminar. En respirar. En esos cinco minutos que tenía delante. Y hubo un momento en el que dejé de sentirme como alguien que estaba haciendo ejercicio después de un infarto.
No significa que haya olvidado lo que me ocurrió ni que el miedo haya desaparecido para siempre. Significa que he aprendido algo que necesitaba aprender: puedo escuchar mi cuerpo sin permitir que cada pensamiento de miedo tenga siempre la última palabra.
El cansancio seguía allí
Cuando terminó el tramo de trabajo comenzó la recuperación progresiva. La intensidad bajó y las pulsaciones también fueron descendiendo. Ese día tardaron algo más en acercarse a mis cifras habituales de recuperación y se mantuvieron durante un rato alrededor de 117–118.
El equipo conocía cómo había llegado y tuvo en cuenta el cansancio acumulado. Horas después yo seguía cansado, naturalmente, pero estaba tranquilo, sentado en casa y sin encontrarme mal.
Lo que me llevé de aquella sesión no fue la cifra del pulsómetro. Fue descubrir que mi capacidad real era mayor de lo que una parte de mi cabeza seguía imaginando.
Conclusión y mis impresiones
Solo al llegar a casa y pensar con calma en lo que había ocurrido entendí por qué aquella sesión me había gustado tanto.
No fui al hospital buscando una prueba mental. Llegué cansado y hasta avisé de que quizá tendría que bajar el ritmo. La prueba apareció sola mientras caminaba.
Meses atrás habría podido interpretar cada subida de pulsaciones, cada gota de sudor y cada respiración más rápida como una amenaza. Esta vez fui capaz de notar el cansancio, aceptar que estaba haciendo un esfuerzo importante y seguir tranquilo mientras las sensaciones fueran buenas y el equipo continuara supervisándome.
Ese cambio no cabe en una gráfica. Para mí es uno de los avances más importantes de toda la rehabilitación.
Me queda una sesión para completar las 17 previstas. Después quiero seguir asistiendo a las charlas de los lunes siempre que pueda. La próxima estará dedicada a algo que muchos recibimos al salir del hospital sin comprender del todo: el informe de alta, sus números, abreviaturas y datos.
Este diario seguirá creciendo porque la recuperación no termina cuando acaba una tabla de sesiones.
Fuentes médicas consultadas para contextualizar la charla sobre medicación
AEMPS · Adiro (ácido acetilsalicílico) · AEMPS · Brilique (ticagrelor) · AEMPS · Ramipril y tos persistente · AEMPS · Trinomia · AEMPS · Trinispray (nitroglicerina) · AEMPS · Avanafilo y nitratos · AEMPS · Tadalafilo y nitratos · Sociedad Europea de Cardiología · Prevención secundaria y objetivo de LDL
El último día: me voy con más confianza de la que traje
Llegué como tantas otras veces, pero sabiendo que esta vez era diferente. Era la sesión número 17, la última de esta primera etapa. Me iba contento por haber llegado hasta aquí y, al mismo tiempo, con esa pequeña tristeza que aparece cuando termina algo que ha formado parte de tu recuperación.

Llegué con una pregunta pendiente
Ese día llegué normal, como siempre, pero bastante más descansado y tranquilo que en las jornadas anteriores.
También llevaba una duda en la cabeza. Dos días antes el ejercicio me había costado muchísimo más de lo habitual y había visto pulsaciones bastante más altas durante el esfuerzo. Quería comprobar qué ocurría esta vez después de haber descansado mejor.
No pretendía hacerme una prueba por mi cuenta ni sacar conclusiones médicas de una cifra. Simplemente me tranquilizaba observar si, en un día distinto, mi cuerpo volvía a responder como venía haciéndolo durante buena parte del programa.
También lo hablé con el equipo. Me explicaron que el cansancio acumulado, dormir pocas horas y la preocupación que llevo estos días por la situación de mi padre podían influir en cómo estaba percibiendo y tolerando el esfuerzo.
Las pulsaciones volvieron a mi terreno habitual
La sesión fue bien desde el principio.
Esta vez utilicé una bicicleta reclinada, de las que tienen un asiento completo con respaldo y los pedales hacia delante. Resultaba bastante más cómoda que las bicicletas con sillín que había utilizado otras veces.
Fueron aumentando la potencia y pude soportarla sin problemas. Estaba cansado porque estaba haciendo ejercicio, pero las sensaciones eran buenas y me encontraba tranquilo.
El máximo que vi aquel día fue aproximadamente de 121 pulsaciones por minuto, mucho más cerca de las cifras habituales que había observado durante numerosas sesiones del programa.
Eso me tranquilizó. No porque 121 sea una cifra mágica ni porque una sesión pueda explicar por sí sola lo ocurrido los días anteriores. Me tranquilizó porque, descansado y con buenas sensaciones, volví a reconocer una respuesta que ya conocía.
Cansado, pero tranquilo
Después llegaron las pesas. Las completé bien, aunque ahí sí apareció una pequeña flojera muscular. Algunas veces, después de determinados esfuerzos, noto temblor en brazos o piernas. Es algo que ya me ocurría antes y que relaciono con mis problemas musculares del cuello, aunque también puede aparecer simplemente con la fatiga del ejercicio.
No necesito decidir yo cuál es la causa. Lo importante ese día fue que no aparecieron malas sensaciones cardíacas y que la recuperación volvió a ser buena.
Eso también ha cambiado mucho desde que empecé. Al principio me fijaba casi únicamente en cuánto subían las pulsaciones. Ahora presto mucha más atención a cómo me siento durante el esfuerzo y, sobre todo, a cómo responde el cuerpo cuando la intensidad empieza a bajar.
Una canción en el momento justo

Al terminar el ejercicio me estaban tomando la tensión. En la radio comenzó a sonar Eye of the Tiger.
La enfermera me miró y me dijo:
Puede parecer una frase pequeña, pero para mí no lo fue.
Después de tantas semanas allí, la sentí como una forma sencilla de decirme que aquella etapa terminaba, pero que el camino no terminaba con ella.
Me hizo gracia y le respondí con una broma sobre las películas en las que el protagonista sube las escaleras como si no existiera el cansancio. Nos reímos.
Ese momento resume bastante bien el ambiente que he encontrado durante estas semanas: ejercicio y vigilancia, sí, pero también humor, conversación y cercanía.
La despedida que uno espera no tener que repetir
Cuando llegó el momento de marcharme abracé a la enfermera y estreché la mano del entrenador.
Su último consejo fue sencillo: que siguiera haciendo ejercicio, que no lo abandonara y que continuara por el camino que había empezado.
Yo les dije algo que resume perfectamente la contradicción de aquel momento:
La enfermera sonrió y contestó:
Y probablemente esa sea la mejor despedida que puede existir en una unidad de rehabilitación cardíaca.
Me voy agradecido. Voy a echar de menos la rutina, a las personas y ese lugar que durante varias semanas se convirtió en una referencia dentro de mi recuperación. Pero, precisamente porque me ha servido, espero no necesitar volver por otro problema cardíaco.
A quienes estuvieron al otro lado

No quiero terminar este diario hablando solamente de bicicletas, pulsaciones, pesas o pruebas de esfuerzo.
Porque una rehabilitación cardíaca también la forman las personas que están allí cada día.
Durante estas semanas encontré profesionales que no se limitaron a controlar números. Preguntaban cómo me encontraba, observaban cómo respondía al ejercicio, escuchaban mis dudas y sabían cuándo exigirme un poco más y cuándo simplemente había que dejar que el cuerpo hiciera su trabajo.
Y eso, después de un infarto, vale muchísimo.
Hay una parte de su trabajo que no aparece en ninguna gráfica, en ningún informe y en ninguna prueba de esfuerzo.
La ofrecen en una conversación, en una sonrisa, en una explicación cuando alguien llega preocupado, en una broma cuando hace falta aliviar tensión, en una palabra de ánimo cuando uno duda de sí mismo o simplemente estando ahí mientras alguien vuelve a aprender a confiar en su propio cuerpo.
No se mide. No sale reflejada en las pulsaciones. Pero está.
Y para muchos de los que pasamos por rehabilitación puede llegar a ser tan importante como cualquier ejercicio.
Porque quien entra por primera vez en una sala de rehabilitación cardíaca no llega solamente con un corazón que necesita recuperarse. Muchas veces llega también con dudas, con miedo y con inseguridad. Se pregunta hasta dónde puede llegar, qué puede volver a hacer o si alguna sensación significa que algo va mal.
Y allí encuentra profesionales que, poco a poco, van convirtiendo muchas de esas dudas en conocimiento y muchos de esos miedos en confianza.
Por eso quiero decirles algo especialmente a ellos.
Y en esos días en los que estén cansados, saturados o puedan preguntarse si todo lo que hacen sirve realmente para algo, recuerden que ayudan mucho más de lo que imaginan.
Probablemente ellos verán pasar a cientos de pacientes.
Nosotros, sin embargo, podemos recordar durante años a quienes estuvieron allí en una de las etapas más delicadas de nuestra recuperación.
Puede resultar extraño decirlo después de haber sufrido un infarto, pero para mí esta ha terminado siendo una etapa bonita dentro de la recuperación.
No porque quisiera estar allí.
Sino por las personas que encontré mientras tenía que estarlo.
Para quien llega lleno de dudas y miedo, ellos representan algo que quizá nunca se dice en voz alta: la esperanza de comprobar que se puede avanzar, que el cuerpo puede volver a responder, que el miedo puede disminuir y que después de todo aquello todavía queda muchísimo camino por recorrer.
Esa parte de la rehabilitación quizá se menciona poco.
Pero existe.
Y creo que es bastante más importante de lo que a veces pensamos.
Gracias por el trato, por la paciencia, por las explicaciones, por el humor, por estar atentos y por hacer que un lugar al que uno llega con cierto miedo termine convirtiéndose en un lugar del que cuesta despedirse.
Lo que realmente me llevo
Cuando empecé este programa quería recuperar forma física y conocer mis límites. Quería saber qué podía pedirle a mi cuerpo sin vivir pendiente de que algo malo fuera a ocurrir.
Diecisiete sesiones después no me voy pensando que ya no tengo dudas, que nunca volveré a cansarme o que el miedo ha desaparecido para siempre.
Me voy con algo más realista y, para mí, mucho más útil.
Conozco mejor cómo responde mi cuerpo. Sé que un día de poco sueño, preocupaciones o cansancio acumulado puede sentirse completamente diferente a otro. Sé que puedo preguntar cuando algo me preocupa. Sé que puedo reducir el ritmo cuando haga falta. Y también sé que puedo exigirme dentro de los límites que me marquen los profesionales.
Sobre todo, he recuperado una parte de la confianza que había perdido después del infarto.
Y me voy sabiendo algo bastante más importante:
me conozco mucho mejor.
Las 17 sesiones de ejercicio han terminado.
La recuperación, evidentemente, no.
Ahora toca seguir moviéndome, mantener lo aprendido y continuar asistiendo a las charlas de educación sanitaria siempre que pueda.
Este diario tampoco tiene por qué terminar aquí. Lo que cambia es la etapa.
Las 17 sesiones han terminado. La recuperación continúa.
Seguiré asistiendo, siempre que pueda, a las charlas de educación sanitaria del programa y continuaré contando aquí aquello que pueda resultar útil. A partir de ahora comienza otra parte del camino: mantener el ejercicio fuera del hospital y convertir lo aprendido durante estas semanas en una rutina para la vida cotidiana.
El Arte de Pausar ♡
