Mi experiencia en la rehabilitación cardíaca
Un diario contado desde dentro: el ejercicio, las pulsaciones, el cansancio y, sobre todo, la recuperación mental que empieza cuando intentas volver a confiar en tu propio cuerpo.
Antes de empezar
Cuatro meses después de sufrir un infarto, estaba a punto de comenzar un programa de rehabilitación cardíaca. Quería recuperar la forma física, pero también volver a saber qué podía pedirle a mi cuerpo sin vivir pendiente del miedo.
Después de un infarto, muchas cosas que antes hacías sin pensar empiezan a verse de otra manera.
Caminar, hacer ejercicio, cargar algo de peso, ir a la playa o notar que el corazón se acelera eran situaciones normales. Ahora aparecían preguntas nuevas.
¿Puedo hacerlo?
¿Hasta dónde puedo llegar?
¿Y si me vuelve a pasar?
No diría que vivía con miedo. Lo llamaría respeto y dudas: respeto por lo ocurrido y dudas porque tenía que volver a conocer mis límites.

El punto de partida
Antes de empezar tuve una entrevista con el equipo. Revisamos el infarto, la alimentación, la medicación, la evolución y la prueba de esfuerzo.
Me explicaron que durante la rehabilitación trabajaríamos con referencias adaptadas a mi situación y que debía aprender a valorar también el esfuerzo que sentía, no solamente el número que aparecía en una pantalla.
También quería rehabilitar la mente
No quería que el miedo decidiera constantemente por mí. Eso no significaba ignorar lo ocurrido ni saltarme las recomendaciones médicas.
Quería conocer mi situación, respetar los límites y, dentro de ellos, recuperar poco a poco mi libertad: caminar, viajar, hacer ejercicio o realizar mi vida cotidiana sin pensar automáticamente que algo malo iba a ocurrir.
Por qué decidí contarlo
Este diario no pretende enseñar a nadie cómo debe recuperarse. Cada persona tiene un diagnóstico, una medicación y unas circunstancias diferentes.
Yo solamente quería contar lo que veía, sentía, temía y aprendía. Quizá otra persona que hubiera pasado por algo parecido pudiera reconocerse y sentir que no recorría el camino completamente sola.
Mi primer día en rehabilitación cardíaca
Llegué con respeto y pendiente de cada sensación. Salí cansado y sudado, pero también aliviado y con un poco más de confianza.

Iba con esa inquietud que aparece cuando haces algo por primera vez después de sufrir un infarto.
No quería demostrar nada. Quería saber cómo respondería mi cuerpo y empezar a conocer mis límites dentro de un entorno seguro y completamente controlado.
Éramos tres pacientes. Primero tomaron la tensión, las pulsaciones y los datos habituales. Después hicimos movilidad suave y estiramientos para preparar el cuerpo.
Cuarenta y cinco minutos en la cinta
La caminata comenzó despacio y fue aumentando por niveles. Durante buena parte del ejercicio me mantuve alrededor de 111 o 112 pulsaciones y el punto más alto que vi fue aproximadamente 120.
Físicamente iba razonablemente bien. Lo más difícil al principio estaba en la cabeza: vigilaba cada presión, cada músculo cargado y cualquier cambio en la respiración.
Aprender a interpretar las sensaciones
La banda del pulsómetro comenzó a presionarme el abdomen y durante unos instantes pensé que podía estar ocurriendo algo. La recolocamos y la molestia desapareció.
También aparecieron la carga habitual en el cuello y los hombros y un mareo muy leve al terminar. Me senté, bebí agua y desapareció rápidamente.
La vuelta a la calma fue progresiva. Después todavía hicimos movilidad, respiración y ejercicios con dos mancuernas de dos kilos.
Conclusión y mis impresiones
Salí reventado y sudado, pero el cansancio no se parecía al respeto con el que había entrado. Era el cansancio de haber hecho algo que necesitaba.
No salí sintiéndome invencible. Salí sintiéndome un poco más seguro. Para ser el primer día, eso ya era muchísimo.
Volver a moverme con menos miedo
Llegué con agujetas y esperando terminar todavía más cansado. Sin embargo, la bicicleta me resultó más llevadera y volví a casa con más energía y confianza.
El cuerpo recordaba la primera sesión. Además, aquella mañana había ayudado a mi madre y llevaba alrededor de 4.000 pasos antes de acudir al centro.
Descansé un poco antes de salir y llegué mucho más tranquilo. Después de los controles y el calentamiento, esta vez tocaba bicicleta.
Debía mantener una cadencia aproximada entre 55 y 65 mientras aumentaban la resistencia por fases. La sesión duró unos 40–42 minutos y terminó reduciendo progresivamente la intensidad.

Hubo momentos en los que estaba contento
La bicicleta me resultó menos cansada que la cinta. Había música, buen ambiente y hasta terminamos bromeando porque lo más incómodo no era el esfuerzo, sino el sillín.
Hubo momentos en los que me sentí contento simplemente por estar moviendo el cuerpo. Ya no pasé toda la sesión buscando una señal de alarma.
Respiración y mancuernas

Después hicimos ejercicios de respiración y trabajamos brazos y espalda. Me ofrecieron dos o cuatro kilos, pero preferí continuar con dos por mis molestias musculares.
No fue quedarme corto. Fue comenzar desde el punto real en el que se encontraba mi cuerpo.
Al volver a casa todavía tuve energía para preparar comida, recoger, barrer y poner una lavadora.
Conclusión y mis impresiones
Salí contento, más seguro de mí mismo y con la sensación de estar haciéndole bien a mi cuerpo.
Poco a poco empezaba a conocer mis capacidades reales. Superar un bloqueo aumentaba la confianza; no superarlo a la primera tampoco significaría rendirse, sino buscar otra forma de intentarlo.
Cuando el cansancio no significa peligro
La tercera sesión dejó el cuerpo mucho más cargado, pero también me ayudó a comprender que estar cansado no es lo mismo que estar en peligro.
El cuerpo ya acumulaba el trabajo de los días anteriores. Volví a la cinta durante 45 minutos y la intensidad fue mayor. En el tramo más rápido caminamos cerca de 5 kilómetros por hora.
Las piernas estaban cansadas, sudaba bastante y mantener el paso exigía concentración. Mis pulsaciones llegaron como máximo a 123.
No estaba jadeando ni sentía dolor en el pecho, mareo o palpitaciones extrañas. Lo que reconocía era cansancio muscular.

Mi cuerpo estaba atravesando muchos cambios
Había dejado de fumar hacía unos cuatro meses después de 25 o 30 años. Había pasado de pesar alrededor de 105 kilos a 93–93,5 y venía de una vida sedentaria y del reposo posterior al infarto.
Además continuaban los problemas musculares del cuello y la espalda. Los estiramientos me ayudaban, pero también movilizaban músculos muy tensos y poco acostumbrados a trabajar.
Después de la cinta utilicé mancuernas de tres kilos. Pasar de dos a tres suponía aumentar la carga un 50 %, y lo noté mucho en brazos, hombros y espalda.
Una gráfica que me hizo preguntar
Durante la sesión vi que el registro de un compañero saltaba bruscamente entre cifras muy altas y muy bajas. No pregunté delante de él por respeto a su privacidad.
Más tarde aclaré la duda con el profesional: era una mala lectura del aparato. El movimiento y los sensores tampoco permitían obtener un registro correcto con el pulsómetro del dedo.
También aprendí que las diferencias habituales de pulsaciones entre personas dependen de muchos factores, entre ellos la medicación y el estado físico. No estaba compitiendo con nadie; utilizaba lo que observaba como referencia para comprender mejor mi propia respuesta.
Cuando la mente confunde descanso con seguridad

A la mañana siguiente me sentía apagado y con sueño. Estaba tranquilo en el sillón y una parte de mí decía: «Quédate aquí. Estás seguro. Descansa».
Después del infarto, el reposo y tantos años de sedentarismo, mi mente había aprendido a relacionar estar quieto con estar seguro.
En cambio, hacer ejercicio significaba sudar, notar las pulsaciones y sentir el cuerpo trabajando. Una parte de la mente todavía interpretaba esas sensaciones como algo de lo que debía protegerme.
Conclusión y mis impresiones
Mi recuperación no estaba ocurriendo únicamente en los músculos y el corazón. También sucedía dentro de mi cabeza.
La constancia no consistía en rendir igual todos los días, sino en acudir, explicar sinceramente cómo me encontraba y hacer el trabajo que correspondiera.
Entré pensando que no podría
No dudé en acudir, pero sí dudé de poder completar la sesión. Bajar la resistencia permitió que se recuperaran las piernas y también la confianza.
No llegué solamente con cansancio físico
Aquel día no entré en rehabilitación únicamente con el cansancio acumulado. También llevaba una carga emocional importante.
Mi padre está enfermo y a la espera de una operación. Es una preocupación que inevitablemente tengo presente. Al mismo tiempo, mi hija quiere pasar tiempo conmigo y yo también quiero estar con ella.
La vida no se detiene mientras uno se rehabilita. No llegas al ejercicio con la mente vacía: entras llevando preocupaciones, responsabilidades y situaciones familiares que también consumen energía.
Por eso el cansancio mental no puede separarse completamente del físico. Lo que ocurre fuera de la sala entra contigo y puede influir en la concentración y en la forma de percibir el esfuerzo.
La mente ya había decidido que no aguantaría
Entré cansado y diciéndome: «Hoy no aguanto esto». No estaba concentrado como otras veces. Normalmente escucho música, miro al frente y pienso en mi hija, mi familia o cualquier cosa cotidiana.
Esta vez estaba pendiente de las piernas, de cada molestia y de los comentarios del compañero que tenía al lado. Antes de que el cuerpo encontrara su ritmo, la mente ya esperaba que fallara.
Cuarenta y cinco minutos en la bicicleta
Mantuve una cadencia aproximada entre 50 y 60 mientras la resistencia aumentaba por escalones. Llegué al nivel 3.
A los 15 o 20 minutos las piernas estaban muy fatigadas. Pedí agua y el rehabilitador redujo la resistencia, manteniendo el mismo sistema de intervalos con una carga más baja.
Al poco tiempo me recuperé. Se redujo la fatiga, regresó la tranquilidad y pude continuar hasta completar los 45 minutos.
Las pulsaciones se mantuvieron aproximadamente entre 116 y 120. Mi equipo me había indicado una zona de trabajo alrededor de 120–130, siempre valorando cómo me encontraba.

Lo importante era cómo me recuperaba
El profesional me explicó algo que se me quedó grabado: no observaba únicamente que terminara cansado, sino cómo evolucionaba ese cansancio y cuánto tardaba en recuperarme.
En mi caso, la recuperación fue progresiva y clara. Bastó con beber agua, reducir la resistencia y continuar a menor carga para que las piernas respondieran de nuevo.
Después hice los ejercicios de respiración y completé las mancuernas de tres kilos sin problemas. Las piernas estaban cargadas, pero los brazos toleraron mucho mejor el peso que el día anterior.
Cansado, pero con el trabajo hecho
Salí mejor de lo que esperaba. Descansé un poco antes de conducir, fui al supermercado, cargué dos bolsas y subí a casa.
Después merendé y me senté junto al ventilador. Continuaba cansado por los días acumulados, pero veía una mejoría evidente. No permanecí agotado durante horas ni fui empeorando.
El cuerpo se recuperó y, al comprobarlo, también se recuperó la confianza. Las dos cosas estaban conectadas.
Conclusión y mis impresiones
La fatiga muscular era real, pero la idea anticipada de que no podría terminar hizo que estuviera todavía más pendiente de cada molestia.
Cuando bebí agua, bajaron la resistencia y noté que las piernas volvían a responder, cambió también mi pensamiento: «Estoy mejor. Puedo continuar».
No siempre avanzo aumentando la intensidad. Algunas veces avanzo cuando reduzco el ritmo, permito que el cuerpo se recupere y consigo continuar hasta el final.
Una ausencia necesaria
La rehabilitación forma parte de mi vida, pero la vida no siempre permite que todo siga el horario previsto.
El viernes no pude asistir a la sesión. Mi padre tenía una tos persistente y tuve que llevarlo a urgencias. La situación surgió de esa manera y no pude avisar al centro.
Hoy lunes se lo explicaré al equipo. También les contaré que mi padre está esperando una operación y que próximamente puede que tenga que faltar de nuevo para acompañarlo y atender lo que necesite.
No quiero abandonar la rehabilitación ni perder la continuidad que estoy empezando a construir. Pero recuperarse no significa que el resto de la vida se detenga. Algunas veces aparecen situaciones familiares que deben atenderse en ese momento.
Conclusión y mis impresiones
Esta ausencia también forma parte del proceso. Mi intención sigue siendo acudir con constancia, explicar con claridad lo ocurrido y buscar con el equipo la manera de mantener la rehabilitación compatible con la situación de mi padre.
Una conversación que nos ayudó a seguir pedaleando
Cuatro personas nuevas llegaron con el miedo dibujado en la cara. Al terminar, las preguntas, las conversaciones y alguna broma habían transformado el ambiente.
De repente éramos siete
La parte física de la sesión transcurrió bien. Hice la bicicleta sin problemas y completé también los ejercicios finales con las mancuernas de tres kilos.
La novedad estaba a nuestro alrededor. De un día para otro se incorporaron cuatro personas y pasamos a ser siete. Cinco ocupábamos las bicicletas y dos caminaban en las cintas.
En los nuevos se reconocía enseguida la preocupación: rostros serios, silencio, muchas dudas y esa forma de observar cada movimiento cuando todavía no sabes qué va a ocurrir. Me vi reflejado en ellos porque cinco sesiones antes había llegado con una inquietud parecida.
«Yo también estaba así»
El compañero que pedaleaba a mi lado me preguntaba si determinadas sensaciones eran normales. Estaba muy temeroso.
Le expliqué que aquel era su primer día, que yo también había comenzado con miedo y que, después de cinco sesiones, cada vez me sentía más seguro. No pretendía darle indicaciones médicas. Solo podía compartir lo que yo estaba viviendo: acudir, trabajar bajo supervisión y comprobar poco a poco que el cuerpo respondía.
Él asentía porque comprendía que la parte mental también pesa. Después de un problema cardíaco aparecen temores que resultan difíciles de explicar a quien no ha pasado por algo parecido.

Una pequeña burbuja dentro de la sala
La conversación no solamente podía ayudarlo a él. También me ayudaba a mí, porque sigo dentro de mi propio proceso de recuperación.
Durante cinco o diez minutos continuamos pedaleando mientras hablábamos tranquilamente. El ejercicio dejó de ocupar el primer plano. Ya no estaba pendiente de cada vuelta del pedal ni del tiempo que faltaba. La charla fue tan amena que la sesión pareció avanzar mucho más rápido.
Se creó una pequeña burbuja: dos personas que no se conocían, pero que podían comprenderse porque ambas estaban intentando recuperar la confianza después de haber pasado por algo parecido.
El ambiente también ayuda a rehabilitar la mente
Aquel día el entrenador comenzó sus vacaciones y la sesión quedó atendida por las dos enfermeras. Estuvieron muy pendientes de todos, especialmente de quienes acababan de incorporarse. Su atención y cercanía aportaban seguridad y permitían concentrarse en el ejercicio.
Conforme pasan los días se forma una pequeña familia. Aparecen las conversaciones y las bromas. Durante uno de los movimientos finales teníamos que estirar la pierna hacia atrás. Los nuevos seguían las instrucciones completamente serios, así que dije: «Sí, sí, como una bailarina». Se rieron y la tensión disminuyó.
Al principio habían llegado callados. Cuando nos tomaban las últimas tensiones ya hablaban, preguntaban dónde podían cambiarse y se les veía bastante más relajados.
Vínculos que nacen sin buscarlos
Desde los primeros días me habían llamado la atención varias placas colocadas en la parte alta de un mueble. Son agradecimientos de antiguos pacientes al equipo médico y al hospital por su trabajo en la rehabilitación cardíaca. También hay alguna fotografía compartida con ellos.
Esas placas muestran algo que no aparece en las máquinas ni en las gráficas: durante la recuperación se crean vínculos humanos. También lo había visto en el grupo anterior al nuestro. Con el paso de los días se esperaban, conversaban e incluso algunos se ofrecían para llevar a otro.
Hoy los nuevos comenzaron a compartir cómo habían vivido sus propios problemas cardíacos. Sus historias les pertenecen y no necesito contarlas. Lo importante fue lo que produjo la conversación: dejamos de ser siete desconocidos haciendo ejercicio en la misma sala.
Conclusión y mis impresiones
Hoy comprobé que compartir lo vivido no solo ayuda a quien acaba de empezar. También refuerza a quien todavía continúa recuperándose.
Hace cinco sesiones era yo quien necesitaba tranquilidad. Hoy pude acompañar a alguien que llegaba con el mismo miedo y, al hacerlo, reconocí mi propio avance. Cada vez me siento más seguro con mi cuerpo, termino más fresco y estoy más contento con lo que estoy consiguiendo.
También vi en la vida real la filosofía que intento transmitir en El Arte de Pausar: escuchar, acompañar y ayudar desde la experiencia, sin hablar desde arriba y sin prometer soluciones.
Hoy no solo ejercité el cuerpo. Ayudé a otros a relajarse y ellos también me ayudaron a continuar mi propio camino.
Aprender que el cansancio también es normal
Llegué con el cansancio de una mañana intensa, completé la sesión y después pude continuar con mi vida. Poco a poco estoy dejando de interpretar el esfuerzo como una señal de peligro.
La sesión comenzó mucho antes de llegar al hospital
Me había levantado a las seis y media. Desayuné, estuve con mi hija y después fui a ayudar a mis padres con la compra y algunas cosas de la casa.
Cuando regresé preparé la comida, comimos y descansé un poco. Más tarde dejé a mi hija con una de mis hermanas y conduje los treinta kilómetros que me separaban del hospital.
Al llegar a rehabilitación ya acumulaba alrededor de 4.500 pasos, varias horas de actividad y el cansancio de haber empezado el día temprano. No entré fresco, pero sí dispuesto a hacer el trabajo que pudiera dentro de mis límites.
Otra vez bicicleta y el problema del sillín
Ahora somos más pacientes y en la sala solamente hay dos cintas y cinco bicicletas. Por eso me tocó la bicicleta por segundo día consecutivo.
El ejercicio no era lo más incómodo. El sillín me produce dolor y hace que se duerma la zona sobre la que estoy sentado. No me ocurre solo a mí: otros compañeros también necesitan recolocarse o detenerse unos instantes por la misma molestia.
Aun así, completé los 45 minutos. La resistencia fue aumentando poco a poco y las pulsaciones no pasaron aproximadamente de 112 o 113.
Esta vez no necesité bajar el ritmo
Al acercarme a los 40 minutos, las piernas empezaron a avisarme de que llevaban bastante tiempo pedaleando. Notaba la fatiga y el cansancio acumulado de toda la mañana.
En una sesión anterior, cuando llegué a ese punto, pedí que redujeran la resistencia. Esta vez pude mantener el trabajo progresivo hasta el final. Me concentré en la música y me repetí: «Un poquito más, un poquito más».
No intentaba competir ni demostrar nada. Simplemente comprobé que, aun llegando cansado, mi cuerpo toleraba mejor el esfuerzo y era capaz de recuperarse mientras continuaba.
Las mancuernas y la recuperación
Después hice los ejercicios con las mancuernas de tres kilos sin problemas. Es una parte de la sesión que me gusta porque noto trabajar los brazos, la espalda y la zona del cuello, aunque continúen mis molestias musculares habituales.
Al terminar me tomaron la tensión y descansé un poco. Después caminé tranquilamente durante dos o tres minutos hasta el coche. Salí sudado y físicamente cansado, pero no iba arrastrándome ni jadeando. Tampoco tenía mareos ni sensaciones extrañas.
Bebí agua, conduje con normalidad y todavía fui a buscar a mi hija y al supermercado. Ya en casa me duché, cené, tomé mi medicación, preparé la cena de la niña y seguí con las tareas habituales.
La primera lucha ocurre antes de salir de casa
Cada día aparece algún pensamiento parecido: «Hoy no tengo ganas», «Estoy cansado», «Tengo agujetas» o «Mejor me quedo tranquilo». Después de tantos años de sedentarismo y del miedo provocado por el infarto, la mente puede identificar el descanso y la zona de confort con la seguridad.
Por eso intento ser firme conmigo mismo: «No, hoy hay que ir. Hay que seguir enseñando al cuerpo a moverse y a recuperar la confianza».
Eso no significa ignorar lo que siento ni obligarme a cualquier precio. Si algo no va bien, lo comunico y reduzco el ritmo. La diferencia está entre escuchar una señal verdadera del cuerpo y permitir que la pereza, el miedo o la inseguridad decidan por mí antes de intentarlo.
Conclusión y mis impresiones
El cansancio empieza a dejar de parecerme una señal de peligro. Ahora lo reconozco como una respuesta normal al esfuerzo: noto cómo llega, observo cómo reacciona mi cuerpo y compruebo que, después de descansar, me recupero y puedo continuar con mi vida.
Durante la segunda semana siento que el cuerpo va asimilando mejor el ciclo de esfuerzo, cansancio y recuperación. Unos días termino más fresco y otros noto la actividad acumulada, pero ya conozco mejor mis límites y mi capacidad para recuperarme.
Esa tranquilidad no apareció de golpe. La estoy adquiriendo mediante cada sesión y gracias a realizar el ejercicio bajo supervisión. Por eso considero tan importante la rehabilitación cardíaca: no solo ayuda al cuerpo a acostumbrarse nuevamente al movimiento, sino que también permite recuperar la confianza.
El corazón avanza, pero el resto del cuerpo también necesita recuperarse
La sesión cardíaca transcurrió con normalidad. Sin embargo, las molestias musculares, una bicicleta mal ajustada y las limitaciones de la sala me recordaron que recuperarme significa cuidar el cuerpo entero.
Volví a rehabilitación como cada día. Faltaron dos compañeros: uno había avisado de que estaba enfermo y el otro solo asistió el primer día. Sus motivos les pertenecen; para mí fue simplemente un cambio en el grupo.
Me tocó la bicicleta. El ejercicio cardíaco fue bien, sin dolor en el pecho, palpitaciones ni sensaciones extrañas. Completé también las pesas y, por esa parte, la sesión fue normal.
Lo diferente estaba en otro lugar: empezaba a notar con más claridad la sobrecarga de los músculos y las limitaciones que arrastro desde hace años.

Una mano que no agarra igual cambia todo el movimiento
Desde el principio expliqué que tengo un dedo gatillo en el pulgar derecho. Al coger una mancuerna no puedo repartir bien la fuerza entre todos los dedos y termino compensando con el resto de la mano, el brazo, el hombro y la espalda.
Con tres kilos puedo realizar el ejercicio, pero empiezo a notar una ligera molestia en el codo derecho y más carga en los hombros y la espalda. No es un dolor fuerte, pero sí una señal que debo comunicar. Quizá necesite usar menos peso con esa mano o adaptar algunos movimientos.
También me ocurre al sujetar el manillar. Sin darme cuenta levanto los hombros y los mantengo tensos. Cuando me lo indican los relajo, pero al poco tiempo vuelvo a encogerlos. Es un hábito corporal que tengo que aprender a corregir.
La postura de la bicicleta también importa
La bicicleta que utilicé no estaba bien ajustada para mí. El manillar estaba inclinado hacia abajo y tuve que pedir que lo levantaran. Además, el asiento parecía demasiado bajo: pedaleaba algo hundido y las piernas llegaban a rozarme el abdomen.
A eso se sumó el sillín. Resulta tan incómodo que, incluso usando cojines, la zona termina dolorida y adormecida. No soy el único. Varios compañeros se recolocan continuamente y uno llegó a sufrir un tirón al levantarse para aliviar la molestia.
No lo cuento para dramatizar. Lo cuento porque una mala postura o una incomodidad constante pueden hacer que el cuerpo trabaje de una forma que no corresponde, especialmente cuando ya existen molestias musculares.
Un mareo breve al salir
Al terminar, mientras caminaba con un compañero hacia el coche, tuve un mareo que me obligó a detenerme y apoyarme durante aproximadamente un minuto. No sentí dolor ni presión en el pecho. Comprobé mis pulsaciones y estaban alrededor de 80.
Me senté en el coche, descansé, bebí agua y me recuperé. Después conduje hasta casa y continué con mi vida normal. Por cómo apareció y por mis antecedentes de tensión cervical, creo que pudo estar relacionado con el cansancio o con el cuello, aunque no puedo asegurarlo.
Precisamente por eso voy a comentarlo al equipo. Haber aprendido a reconocer muchas de mis sensaciones no significa que deba ignorarlas ni decidir por mi cuenta cuál es su origen.
Buenos profesionales, medios limitados
La sala recibe tres grupos diarios de aproximadamente siete personas. Es un espacio pequeño, con el techo bajo, cinco bicicletas, dos cintas y algunos aparatos que muestran mucho uso. Hay sujeciones deterioradas, una cinta que no siempre funciona bien y pulsómetros que en ocasiones dan problemas.
Entre un grupo y el siguiente, las profesionales limpian las máquinas con una toalla y un producto desinfectante. Hacen lo posible para mantenerlo todo preparado, vigilar las constantes y atender a cada paciente.
Quiero dejarlo muy claro: estoy agradecido a los médicos y enfermeras que me atienden. Son excelentes profesionales, muy atentos y capaces de transmitir tranquilidad. Mi reflexión no es una queja contra ellos. Al contrario, me da pena verlos trabajar con recursos que no siempre están a la altura de la labor que realizan.
Conclusión y mis impresiones
Mi recuperación cardíaca continúa avanzando. Puedo pedalear, hacer los ejercicios y comprobar que el corazón responde bien. Pero ahora también estoy viendo algo importante: no quiero limitarme a recuperar únicamente el corazón.
Quiero corregir la postura, aliviar la tensión del cuello y la espalda, tratar el problema de la mano y aprender a moverme sin sobrecargar unas zonas para proteger otras. He dejado de fumar, estoy comiendo mejor y he vuelto a hacer ejercicio. Ya que he iniciado este cambio, quiero hacerlo de verdad.
No espero salir perfecto ni solucionar en unos días problemas que llevan años conmigo. Lo que quiero es comenzar una recuperación completa, con orientación profesional y respetando mis límites, para volver a ser una persona activa y mantenerme así con el paso de los años.
La recuperación sigue, un día cada vez
Seguiré compartiendo las sensaciones, los aprendizajes y esos momentos cotidianos que ayudan a comprender cómo se vive la rehabilitación desde dentro.
El Arte de Pausar ♡
